El sucio de las comunicaciones


Hay mil y una maneras de ganarse el pan de cada dí­a. Lo que se necesita, dicen los que promueven las pequeñas empresas, es creatividad, ganas de trabajar y actitud valiente para echarse al agua. Y vaya que la gente tiene deseos de ganar dinero. Usted los puede ver, por ejemplo en esta época electoral, ondeando banderas, pegando calcomaní­as y también (qué cosa tan linda) escribiendo o divulgando videos en Internet para la propaganda negra.

Eduardo Blandón

Evidentemente hay actividades más dignas que otras. Esta última, por ejemplo, aunque quienes la ejerciten digan lo contrario, es uno de esos trabajos sucios sólo digno de personas de baja catadura. ¿Qué se necesita para hacer semejante trabajo? ¿Cuáles son sus «términos de referencia»? Yo dirí­a que globalmente tener habilidad para la intriga, la inclinación por la falsedad y mucho odio acumulado en las venas. Sólo. Lo demás es tonterí­a, escribir idioteces, hacer videos malos, pegarlos a la red y enviarlos.

Sin duda un sujeto así­ sólo puede ser admirado por otro de igual categorí­a aunque viva del engaño por las felicitaciones de sus jefes. Ya le dirán que «qué cabrón», «cuánta imaginación», «te la echaste buena», «Garcí­a Márquez se queda chiquito». Y, claro, como lo que no tiene es cerebro (si no, se dedicarí­a a otro oficio), se lo cree, vive feliz y regresa a su cueva (la catacumba donde trabaja escondido de manera anónima) para continuar divulgando basura.

Nada lo hace tan feliz como los momentos en que -según él-, las musas se apoderan de su espí­ritu y empieza a vomitar odio, escribir groserí­as y divulgar imágenes semi pornográficas. í‰l se imagina (en su imaginario de pitecántropo) que su capacidad de influencia sobre las masas es indiscutible, «sin duda yo llego a más gentes que cualquier medio», piensa, y se siente orgulloso al final de su trabajo. Pone punto final, se inventa un nombre -tan imbécil como toda su obra- y enví­a su «obra de arte».

«Este es un trabajo como tantos otros», se dice a sí­ mismo. «Es tan digno como el que hace el cura en el altar o la puta en la calle». Su secreta aspiración es ocupar un puesto como «comunicador social» si gana al partido para el que trabaja. ¿Qué otra cosa soy, reflexiona, sino un «comunicador»? Claro, él se imagina que «eso», lo que hace, es «comunicación social» y, la verdad, se siente un genio en esa tarea.

Semejante bicho no puede tener amigos porque en realidad es temido. Conocen su inclinación hacia la burla, su maní­a por la descalificación y la manera hipócrita con la que conduce su vida. Es un sujeto poco confiable. Lo saben todos, pero no se lo dicen. No tiene principios ni cree en cosas tales como la «lealtad», la «autenticidad» y la «amistad». «Son sólo palabras vací­as, dice el genio, carente de todo contenido».

El infeliz, el creativo, el genio de la comunicación, no puede sino morir solo, olvidado por todos y cosechando lo que con tanto ánimo sembró en sus dí­as de juventud. Atrás quedarán esos dí­as en que era «famoso» y los del partido lo felicitaban por «imprescindible». En su idiotez, de repente pensará, «puedo morirme tranquilo, he realizado mi labor. Sólo he hecho lo que cualquier creativo habrí­a cumplido en mi lugar». Y partirá contento con tanto descalabro. La ignorancia que lo llevó a ese oficio, también lo absuelve de toda culpa. En esto sí­ es dichoso.