Las reacciones de los estafados


Ayer, cuando se realizó la audiencia para escuchar a Roberto Segovia, uno de los socios accionistas y directivos del Banco de Comercio, capturado luego de permanecer escondido durante varios meses, las ví­ctimas de la estafa cometida mediante el engaño de hacer creer a los ahorrantes que estaban colocando su dinero en certificados de depósito del Banco, le gritaron toda clase de insultos.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Este caso ha sido para mí­ particularmente difí­cil, puesto que conozco y le tengo gran aprecio al padre de uno de los socios del banco y, por otro lado, conozco a algunos de los afectados y a través de ellos he podido conocer el drama de varios de quienes perdieron todos sus ahorros. No conozco a ninguno de los que, según notas y comentarios de prensa, tení­an fortunas de dudosa procedencia, aunque puedo decir que para quien no haya conocido, por ejemplo, el empeño y la forma de trabajar y de vivir de Belizario Garcí­a, sin duda que su fortuna puede parecer sospechosa, pero fue ganada a pulso, a costa de muchos sacrificios.

Y en este caso es indudable que hay una estafa, porque los clientes del Banco de Comercio eran engañados por ejecutivos que, sin duda siguiendo instrucciones precisas, les convencí­an de trasladar sus ahorros a cuentas que pagaban mejores intereses y que eran respaldadas por Certificados de Depósito en los que aparecí­an los logos y el nombre del Banco de Comercio, pero que eran en realidad respaldados por una entidad que no estaba sujeta a la fiscalización de la Superintendencia de Bancos.

Recibí­ un correo, hace algún tiempo, del padre de uno de los socios relatándome por qué, a juicio suyo y de los dueños del banco, se produjo el descalabro, del cual culpaba no sólo a las autoridades sino al impacto que tuvieron hechos como la quiebra del Banco del Café y la maliciosa campaña de rumores contra otros bancos. Pero el caso es que he tenido a la vista certificados de depósito originales en los que no queda duda que usaron deliberadamente toda la simbologí­a para hacer creer a los clientes que estaban confiando su dinero al mismo banco y resulta que no es así­. Estamos hablando de alrededor de mil doscientos millones de quetzales que es mucho pisto aquí­ y en cualquier lugar del mundo. Y que es un pisto que llora sangre cuando uno conoce los dramas que hay atrás de todo el caso.

Es difí­cil saber quien fue el «genio» que diseñó la movida. Pero evidentemente alguien tuvo la malévola mente para definir un procedimiento que hací­a que ciertos clientes, con jugosas cuentas, las trasladaran a una entidad que aparentaba ser del banco pero que era ajena. Por supuesto que entre los mil doscientos millones de quetzales puede y debe haber algún dinero mal habido, pero me consta que hay fuertes cantidades que provienen del trabajo honrado y de privaciones que a lo mejor hasta fueron signo de avaricia, porque hay gente que se privó no de lujos sino hasta de comodidades indispensables con tal de ir engordando la cuenta que al final fue a parar a manos de banqueros que actuaron con falta de escrúpulo.

Yo no creo que el Estado tenga que asumir el pago de ese dinero porque hay un delito que perseguir y los responsables tienen que pagar por lo que hicieron, tanto penalmente como en cuanto a responsabilidad civil. Pero sí­ creo que hay también responsabilidad civil de los funcionarios que no cumplieron con su deber de auditar y supervisar las operaciones bancarias porque al fin y al cabo, se les paga un sueldo para que lo hagan y para evitar estafas a los clientes como la que ocurrió en el Banco de Comercio.