Utilizo el término «indeciso» porque es sabido por todos que fue el que más usaron algunos medios de comunicación para reconocer a quienes durante del transcurso de la campaña electoral, no pudieron o no quisieron contestar a sus encuestadores cuál era el candidato presidencial de su predilección, sin embargo, bien sabíamos que la realidad era muy distinta, ya fuera porque ninguno de los catorce contendientes eran de su agrado; porque no llenaban el óptimo perfil requerido o porque a su juicio, el país estaba (o sigue estando) requiriendo mejor calidad de valores, liderazgo y dirección para sacarlo avante.
Aclarado lo anterior, los electores a la hora de analizar los resultados de los comicios electorales realizados el 9 de septiembre, debiéramos tomar en cuenta que muchísima gente siguió votando «por el menos peor», así como que hay que tomar en cuenta no sólo a quienes sacaron más votos, sino ponerle atención a los votantes que empezaron y terminaron siendo «indecisos», lo que finalmente se tradujo en 132,983 votos en blanco, equivalentes al 3.67%; en 208,260 votos nulos que representan el 5.75%. Por lo que, sumados los dos rubros representan la nada despreciable suma de 341,242 votos, el 9.42%, es decir, casi la totalidad de votos recibidos por los siete candidatos que ocuparon la «cola» de los comicios, empezando por los del Partido Unionista y terminando por la Democracia Cristiana Guatemalteca (R. I. P).
A lo anterior habrá que sumar que hubo en la primera vuelta un abstencionismo del 40% el que tradicionalmente se ha venido haciendo sentir, desde las elecciones de Vinicio Cerezo en el año 1985 (cuando sólo el 31% dejó de ir a las urnas) hasta con Arzú en 1995 (cuando se apreció el más alto con 47%). De esa cuenta, es que el entusiasta civismo de la población guatemalteca que incluso bajo los aguaceros concurrió a las urnas, no debiera servir de venda sobre nuestros ojos para percatarnos que nuestra folclórica política sigue de mal en peor, empezando porque haber catorce contendientes no sirve de buena cuña para despertar el fervor por la democracia, sino que la ausencia de valores, liderazgo y dirección de los candidatos, como la ausencia de creatividad, pocas veces vista, produjo una de las más grises contiendas electorales de nuestra reciente historia.
Si bien es cierto que es muy grato apreciar en los rostros de la gran mayoría de la población su satisfacción porque el 9 de septiembre pasó sin mayor novedad, no es suficiente para que sigamos siendo sumisos o indiferentes ante las barbaridades que han venido cometiendo tantos mentirosos, corruptos y malos políticos. Los resultados son indiscutibles, demuestran una vez más que si los electores no votan, anulan o dejan en blanco su voto representa una clara demostración de rechazo a su mal proceder.