Monseñor Quezada, el Cardenal Arzobispo de Guatemala, dijo ayer que sus puertas están abiertas para recibir a los candidatos presidenciales si es que a Colom y Pérez Molina les interesa hablar con él. Dijo que sobre todo le interesaría conversar acerca de las reformas sociales que el país necesita y es que el prelado, como cualquier guatemalteco bien informado, entiende que vivimos en condiciones que tienen que recibir una atención directa, con carácter de urgencia, para satisfacer necesidades de una población que sufre carencias que no son aceptables a estas alturas del desarrollo de la humanidad.
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Muchos pensarán que ya está otra vez Monseñor metiendo su cuchara en cuestiones políticas, pero cuando se trata de velar por la dignidad intrínseca que el ser humano merece como hijo de Dios, es obvio que pocas personas tienen la autoridad moral para abordar ese tema como el Arzobispo. Y es que no se trata de cuestiones políticas porque el Cardenal no anda viendo cómo inclina el voto a favor de alguien o cómo la Iglesia se convierte en un grupo de presión para cumplir su propia agenda. Se trata, simple y sencillamente, de recordar a las futuras autoridades que tienen una obligación ineludible de trabajar por el bien común y por la justicia en todo el sentido de la palabra, lo que se debe interpretar tanto en el sentido de la administración de la ley, como en el más amplio sentido de que nadie debe quedar marginado y excluido en una sociedad como la nuestra.
Siempre he pensado que la Iglesia tiene un papel importante que jugar en la sociedad y en la vida terrenal por ese concepto fundamental de la dignidad propia de la naturaleza humana. No puede haber una Iglesia que cumpla con su función si se limita a recomendar resignación a los que más sufren, si descuida los valores fundamentales de la vida y si no exige a todos que respeten esos valores para permitir a todos los seres humanos su más plena realización.
Y la crítica que se hace a la jerarquía de parte de los mismos sectores más conservadores del catolicismo tiene raíces en que, según esa gente, los curas tienen que limitarse a rezar y recomendar golpes de pecho a los fieles. Pero si los fieles son seres humanos que están siendo objeto de algún tipo de perjuicio, es obligación de los pastores reclamar para que las autoridades nacionales pongan atención a sus males.
En el caso de la sociedad guatemalteca pareciera que sólo los políticos y quienes les fijan las agendas no se han dado cuenta que hace falta trabajar en reformas sociales para incluir a toda la población en las ventajas que ofrece la vida moderna. Sucede, desde mi punto de vista, que los candidatos han unificado su discurso en el campo de lo social en cuestiones que no levanten olas, que no hagan temer a los dueños del gran capital que les imponen su propia y particular agenda a cambio del dinero que los políticos necesitan para hacer campaña y por ello es que tenemos una oferta electoral muy parecida en el fondo y apenas diferenciada en los estilos. Pero si vemos lo que ofrecen en concreto, fuera del discurso de tarima, encontramos que hay enormes coincidencias, como si los mismos titiriteros hubieran articulado la obra a presentar.
Y en ella, por supuesto, no hay reivindicaciones sociales ni verdadera preocupación por esas cosas que al Cardenal le interesa abordar con los candidatos. El panorama del obispo es distinto, sin duda, al que tienen los grandes intereses que financian las campañas, y eso tiene abundantes y profundas explicaciones.