El proceso electoral está por concluir. A menos de 24 horas, cientos de guatemaltecos y guatemaltecas emitirán su voto, depositando en él responsabilidad, ilusiones, anhelos o inconformidad, que de cierta manera, en acto puro de manifestación ciudadana, pretenden que las cosas cambien para bien.
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Por una lado queda la saturación de información propagandística de carácter político partidista, las campañas de concientización sobre «emitir un voto consciente» que diversos sectores impulsaron a lo largo de este período, y por fin, la última palabra la tendrán aquellos y aquellas que acudan a las urnas.
El voto es secreto, y por lo tanto su condición permite que sea, única y exclusivamente el individuo, el que realmente determine su inclinación.
Cabe resaltar que dicha inclinación será la que fije por cuatro años más, las condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que encaminarán al país, y sobre todo, que afectarán o beneficiarán a cada individuo.
La decisión, no debería ser en función de presiones externas al sujeto. No debe limitarse la capacidad de decisión, en el caso de presidentes y vicepresidentes, a 2 o 3 binomios «punteros» según lo presentado por las grandes encuestas de medios de comunicación, que a ojo crítico de diversas organizaciones y analistas, únicamente reflejan manipulación en la intención de voto.
Es interesante observar que, pese a las «grandes diferencias» que pretenden marcar a los distintos «punteros», las políticas y modelos de Estado que presentan tienen grandes similitudes.
De igual forma, la trayectoria de dichos candidatos, deja mucho que desear; y es que luego de saber de los candidatos implicados en procesos pendientes por triangulación de fondos, abuso de autoridad, acusaciones de vínculos con el narcotráfico y compromisos con grandes financistas, a los que luego de más de un intento por conseguir el poder, ya se les debe hasta las ollas de la cocina.
O bien, que trabajan bajo una lógica de acción que privilegia las políticas represivas, según lo aprendido en la Escuela de las Américas, y en la dirección de la G2, y por otra la protección de la propiedad privada, la subsistencia del individualismo y la sistemática destrucción del colectivismo; no sería difícil saber por quién votar.
Se trata entonces de no limitarse a elegir entre el peor y el menos peor; se trata de hacer un poco de memoria histórica, y recordar que han dejado 53 años de gobiernos «similares».