La experiencia electoral de Guatemala nos obliga a anticipar que iremos a una segunda vuelta electoral que deberá dirimirse en noviembre próximo y en ese contexto es importante ver que a diferencia de lo que ocurre en otros países del mundo, aquí las alianzas no llegan a tener la trascendencia que vemos cuando se producen negociaciones políticas entre distintas fuerzas para establecer gobiernos de coalición.
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En buena medida lo que ocurre en Guatemala es que no tenemos un régimen de partidos políticos que cuente con una sólida base partidaria y un voto duro que pueda considerarse como endosable. Nuestros líderes no tienen el peso y la fuerza para endosar votos aun si llegan a acuerdos y negocian no sólo posiciones personales sino hasta visiones de Estado para el ejercicio del poder y de esa cuenta las alianzas para la segunda fuerza son realmente frágiles y quienes mañana votarán por alguno de los candidatos que quedan excluidos, no sienten un vínculo de tal magnitud como para atender la propuesta que éste les haga para votar en segunda vuelta.
En países donde funcionan partidos sólidos, con una base ideológica firme y con estructura orgánica real, un acuerdo de los dirigentes para respaldar a una u otra de las candidaturas que pasan a la segunda vuelta es determinante porque implica que los afiliados atenderán el llamado para votar en la dirección acordada por quienes realizaron la negociación. Y es que la militancia de un partido entiende que sus dirigentes negociaron posiciones de acuerdo a la línea ideológica y aun a los intereses partidarios, pero entre nosotros lo que se supone es que se negocia con base en intereses personales que no toman en cuenta ni el interés nacional ni, siquiera, el interés de los activistas y afiliados de una organización.
Eso hace que las segundas vueltas en países como el nuestro sean en realidad impredecibles, porque si funcionara la matemática y los votos se pudieran endosar, uno podría suponer que existen partidos y candidatos que tienen más facilidad para establecer alianzas con las otras fuerzas porque han tenido menos controversia no sólo en campaña sino histórica. En un hipotético cuadro, por ejemplo, uno pensaría que la Gana tendría más dificultad para alcanzar acuerdos con los Patriotas que con Colom, pero lo que piensen después quienes hayan votado por Giammattei es distinto porque no creo que él vaya a tener el suficiente liderazgo para endosar la votación que logre y habrá que ver cómo enfoca la situación el elector común y corriente que, a lo mejor, encuentra más similitud en el discurso de quien fue su candidato con el de Pérez Molina. Y si bien eso pasa en todos los países del mundo, debemos entender que mientras menos sólida es la base partidaria y menos estructurada políticamente está la población, mucho más difícil lograr que se endosen los votos.
Cierto es que no hemos siquiera superado la primera vuelta y podrá parecer prematuro pensar en la segunda, pero todo indica que la misma vendrá y que los candidatos tendrán que diseñar su campaña no con base simplemente en las alianzas porque las mismas no funcionan en términos de arrastrar matemáticamente los votos. Y yo pienso que en Guatemala muy pocos líderes tienen el peso para endosar su popularidad a favor de alguien más. Ni siquiera Ríos Montt lo pudo hacer hace cuatro años, y eso que se supone que él dirige un partido que funciona básicamente por la identificación que la base mantiene con él.