Mentira, vehí­culo al poder


Desde tiempos antiguos la mentira ha estado ligada de forma í­ntima al poder, la necesidad de alterar o deformar la realidad ha sido constante, para ello ha sido necesaria la construcción de grandes maquinarias de propaganda que han sido alimentadas por ideólogos de la mentira.

Elmer Telon
etelon@lahora.com.gt

Según una de esas teorí­as nombrada por Uwe Justus Wenzel, filósofo y estudioso de las ciencias polí­ticas y religiosas, «teorí­as de tiempos pasados sobre la astucia, fingir, disimular, escamotar la verdad son comportamientos que deben estar presentes en el repertorio de los polí­ticos gobernantes».

Shopenhauer se refirió al respecto de la polí­tica y diplomacia como «arte de la mentira», razones que explican en gran medida esa incredulidad de los pueblos, como el nuestro, de ver con ojos de desconfianza el actuar de personajes que ofrecen la salvación de naciones enteras.

«Para ser presidente hay que mentir», aseguró hace cuatro años el mal recordado presidente Alfonso Portillo, muchos vieron en esta afirmación el extremo del descaro, entre ellos el actual presidente, (en aquel entonces candidato) í“scar Berger, quien consultado respondió con otra mentira, es decir asegurando que eso no era cierto.

Cristopher August Heumann dejó dicho en un texto publicado en 1724: un polí­tico inteligente «debe saber simular y disimular cuando dice una mentira de Estado y una mentira piadosa no debe sonrojarse».

Estudios de psicólogos en Estados Unidos afirman haber descubierto que «el hombre medio de nuestro tiempo miente unas 200 veces al dí­a, ya sea de forma vacilante o descarada».

Todo esto viene al caso del cierre de la actual campaña electoral, cada agrupación polí­tica en los últimos meses ha puesto a trabajar su maquinaria interna de propaganda, una serie de propuestas han sido concebidas por los candidatos, muchas de ellas con el conocimiento certero de ser un acto irrealizable.

Y es que en efecto la mentira es el vehí­culo dilecto del poder, no se concibe una campaña polí­tica sin una serie de embustes utópicos que se alimentan de la credulidad de una masa poblacional que tiene poco de analí­tica.

Tan es así­, que algunos se animan a asegurar que terminarán con la criminalidad en tres y cinco meses, o que generarán una cantidad de empleos nunca antes vista en nuestro paí­s, actos que son polí­ticamente correctos, es decir, la teorí­a y la práctica en la búsqueda del poder así­ lo enseñan.

Coincidamos entonces en lo deprimente de esta práctica, y sin ánimo de ser fatalista o negativo les digo que no me entusiasma mucho asistir a las urnas, iré a depositar mi voto pero conciente de la cantidad de mentiras que cada sí­mbolo allí­ plasmado representan.