Cristian, nuestro bisnieto de 2 años, que contemplaba asombrado a una ordenada fila de hormigas, no le prestaba atención a otras idénticas, que por ahí estaban. Sí, había otras que sin formar filas, caminaban desordenadamente sin rumbo fijo.
Eran de las mismas, el mismísimo tamaño, con esa velocísima marcha producto del muy rítmico tararear de sus invisibles patitas. Cristian, sin embargo, no les prestó tanta atención como les puso a aquellas otras que caminaban en una ordenada fila. Una fila que se extendía desde la azucarera y que pasando por debajo de una puerta salía de la cocina para llegar al patio donde estaba el hoyito de la cueva.
A Cristian le impresionaba esa ordenada fila. Esa fila que había sido conformada por las hormiguillas que parecían tener, todas ellas, un mismo objetivo en mente? llevar a casa la comida. El Niño Pensador probablemente se preguntaba, asombrado ¿Cómo es que esas hormiguillas se ponen de acuerdo y salen a trabajar así asociadas, y ordenadamente orquestadas? Es entonces que yo me pregunto ¿si acaso Cristian se preguntará si acaso hay alguien que les dice qué hacer y las dirige?
De lo que no me cabe la menor duda es que sin saberlo, sin pensarlo, sin quererlo, Cristian quedó impresionado, por una parte por el acompasado movimiento de las invisibles patas de todas y cada una de las hormiguitas, aún cuando no alcanza a preguntarse quién es aquél que hace a cada una de ellas y cómo hace para que le salgan todas igualitas. Y eso que él no sabe de las hormiguillas del Asia, de ífrica, y de todo el mundo que son todas igualitas. Ahora a Cristian también le asombra la capacidad de esas hormiguillas para obedecer las órdenes de algún invisible director, un alguien que les manda a formar filas y así marchar todas hacia un mismo destino.
Esa capacidad de asombro del Homo Sapiens Niño, capacidad de asombro, talento al que José Julio Perlado le ha dedicado su cacumen. Una capacidad de asombro presente en el niño y que no es consecuencia de un mandato de sus padres. Los padres podrán mostrarle la larga fila de hormiguillas, decirle que las mire pero ese asombro es algo que brota, espontáneamente sin intervención de la voluntad.
¿Será esa capacidad de asombro un talento, un don exclusivo para el ser humano? Talento que se donará a unos en mayor cuantía que a otros. Saberes, dones y talentos. La sabiduría hormiguilla, y la sabiduría Homo Sapiens Amans.
Edward O. Wilson, taxonomista sociólogo de la Universidad de Harvard, quien contó desde su niñez con una especial capacidad de asombro y a quien por haber crecido en el campo le fascinaron los insectos, sintió especial admiración por ese orden natural hecho hormiga. A ello dedicó su vida. En uno de los capítulos del texto de Biología de Campbell nos induce el doctor Wilson a convencernos de la creación del orden natural y de su consecuente y sabia evolución.
Y en nuestro caso el consecuente descubrimiento de la Creación y de la sapientísima e indetenible evolución de lo creado. La ineludible convicción y la obligada aceptación de un Creador.
Cuán formativo sería para un auditorio de 200 universitarios presenciar un debate entre un biólogo agnóstico, un genetista-embriólogo y un filósofo-teólogo que discuten sobre el niño, las hormiguillas y su talento para asombrarse.