Mañana se celebra la fiesta de María. La Asunción es el coronamiento de los misterios, la grandeza y las virtudes de una madre que esperó al hijo anunciado, que lo trajo al mundo, lo cuidó y lo siguió en la infancia, en la adolescencia, en la madurez escondida y orante, en la vida pública y en el martirio. Una madre que asistió turbada a su muerte, gozosa ante la noticia de la resurrección y que participó de manera activa en la vida de la comunidad cristiana naciente.
María llegó al final de su vida terrena cuando tenía unos 64 años. Expiró en la casa donde había sido huésped, sin casa propia, sin medios personales para el sustento. A la hora de su muerte, los apóstoles que se encontraban dispersos por el mundo, decidieron reunirse todos, después de la sepultura de la madre de Jesús, para rendir homenaje a su cadáver querido. Mas, al abrir la tumba, «no encontraron más que flores; el cuerpo había desaparecido, ya no estaba allí».
El cuerpo de María se vio libre de corrupción y se dio su Asunción al cielo como consecuencia de su pureza. Como «segunda Eva», María es madre de todo el género humano y se le debe un culto superior, pero adorarla sería una idolatría pues es una criatura, como el resto de la humanidad.
La Nueva Guatemala de la Asunción es una ciudad dedicada a María, capital agotada, bautizada con una designación inmaculada. En las vísperas de su cumpleaños, no podemos comprender su circunstancia de hormigón y embudo sin tener un poco o un mucho del amor que caracterizó la vida de su patrona. En el caso de la ciudad, quizás ese amor radique, fundamentalmente, en reconocernos parte y producto de ella. O sea: casa mía y urbe de todos. De otro modo: te odio y te quiero, como en la canción. Proa sin norte y muelle en cada rincón. Mañana tenemos la oportunidad de convertirnos en feriantes para recuperar la ternura entre un laberinto de avenidas vivas y críticas, aullantes que, después de todo, están pegadas como chicle en el pelo. Todos quisiéramos gritar pero nadie se va.
La palabra nos asiste para una reivindicación, para una remitificación de la historia urbana, la vuelta al origen primigenio recuperando la memoria, recontando la historia, en un rito redentor de la revelación que es un nuevo bautismo, al traer al presente el mito del pasado.
Degradación ambiental y abatimiento espiritual. No hay receta para volverse inconmovible ni admitimos cuánto de autodestrucción alberga nuestra desprevención e indiferencia.
Le Corbusier, el genial transformador de la arquitectura moderna, nos advierte: «La decadencia de las ciudades hiere nuestro amor propio y ofende nuestra dignidad». Tal vez por eso es necesario resistir la pérdida de la ciudad, para que no nos arrastre en su abismo, para que la ofrenda diaria del cáliz callejero no nos desfigure el espíritu.