En Guatemala mantenemos una relación conflictiva con la ley. Algunas personas expresan su preocupación por la falta de cumplimiento de las normas y por los efectos negativos que eso puede ocasionar. Uno de los dramas que vivimos cotidianamente son las muertes provocadas por la desobediencia de la ley de tránsito. Por otra parte, cultivamos una cultura que la transgresión desde los actos mínimos de convivencia y que para cierta gente es motivo de orgullo.
Este fenómeno también se manifiesta en el desmedido comercio de mercaderías falsificadas, como ocurre con la venta callejera de películas, música, ropa, calzado, celulares y repuestos de automóviles robados. Esta clase de negocios prolifera por la tolerancia o ineficiencia de las autoridades, pero también por la demanda generalizada del público, que lejos de encontrarlo ilícito, lo acepta.
El problema de toda desobediencia del Derecho, independientemente de su magnitud, es que tiene un efecto multiplicador, pues siempre es invocada por los demás como una manera de justificar su propia desobediencia. No es raro escuchar de labios de un evasor de impuestos, que él o ella no tributan porque el resto tampoco lo hace, o bien porque el Estado no proporciona a cambio buenos servicios.
En una sociedad como la nuestra, en donde la gente, por lo general, está en desacuerdo acerca de cuáles son los valores correctos o sobre el mejor modo de interpretarlos, el Derecho es el único medio con que contamos para organizar nuestra vida en común. De ahí que la desobediencia no debe verse como un desafío a las autoridades, sino concebirla como un atentado contra nuestra posibilidad de constituirnos como comunidad.
Sobre este tema podemos establecer un paralelismo con lo que ocurre en Argentina. Carlos Nino, autor del clásico libro «Un país al margen de la ley», analiza el problema de la anomia en ese país. Sus reflexiones son aplicables a nuestro caso.
Nino sostiene «que los problemas que todavía hoy genera la anomia en nuestro país no se solucionan del modo en que lo sugieren habitualmente liberales y conservadores, es decir, con la ’mano invisible’ o con la ’mano dura’. Algunos liberales consideran que nuestra dificultad con las normas se genera por su abundancia: el problema es que hay demasiadas regulaciones, y el remedio es suprimirlas. Esta visión desconoce que muchas violaciones de derechos (sobre todo, la violación de los derechos de los más débiles) se producen por la ausencia (y no por el exceso) de regulaciones».
Por otra parte, «los problemas de anomia no se solucionan tampoco con la presencia de una autoridad férrea, que castigue hasta la mínima infracción (como en la ’mano dura’) o que imponga un rumbo firme frente a nuestras indisciplinas y oscilaciones (como ocurre en todo régimen presidencialista). En ocasiones, es la propia ley ?o su ausencia? la que genera injusticias constitucionales y, por lo tanto, resulta moral y jurídicamente exigible desafiar la ley antes que someterse a ella».