El comentario editorial de ayer en La Hora, respecto a la pretensión del pastor Harold Caballeros de arrinconar a las autoridades con la intención de que la ley sea interpretada en su beneficio, provocó reacciones como era de esperar porque se trata de la combinación de dos factores que siempre generan polémica: el religioso y el político. Y es que me parece poco adecuado que quienes pregonan como fundamento ideológico una visión con valores cristianos, pretendan retorcer la ley y lleguen al extremo de comprometer a la autoridad civil, pretendiendo minarla con tal de lograr sus ambiciones.
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El caso del pastor Caballeros no es para nada nuevo ni es exclusivo de quienes pertenecen a alguna denominación religiosa, pero lo que lo hace distintos es que él recién acaba de terminar su apostolado como pastor de una iglesia y ello lo coloca en una dimensión diferente a la de cualquier otro cristiano que participe en política. La libertad de cultos es un logro en el país y gracias a ella aquí lo mismo puede ser presidente un católico que un protestante o, como hemos tenido varios, algún masón. Pero lo importante es ver que quienes hacen política lo hagan sin apelar a su credo como factor fundamental y plataforma de su accionar proselitista porque ello es lo que compromete al final la cuestión religiosa.
Hemos tenido varios casos en Guatemala de personas que se lanzan al ruedo político teniendo como capital inicial la feligresía a la que apelan. Ríos Montt, quien había sido un católico devoto cuando fue oficial de alta y hasta provocó molestias en los cadetes cuando dirigió la Escuela Politécnica y los obligaba a ir a misa, una vez convertido en anciano de la iglesia El Verbo usó esa posición como un pilar de su participación política, tanto en la jefatura de Estado como luego en sus esfuerzos por retornar al poder por la vía electoral aunque fuera retorciendo la ley, lo cual parece ser una constante.
La imposibilidad de la candidatura de Ríos Montt abrió las puertas de par en par a Jorge Serrano, quien sostenía que estaba cumpliendo una profecía en la que se afirmaba que él, como protestante, estaba llamado a ser Presidente de la República. Y no es cuento que miles de evangélicos le dieron su voto porque no pudieron elegir al anciano del Verbo y sintieron que era realmente una cuestión de fe elegirlo para gobernar al país. Casualmente también Serrano terminó retorciendo la ley al querer dejar sin efecto la Constitución de la República, lo que obliga a pensar hasta dónde llegaba su compromiso como ciudadano y hasta dónde le afectó el sentirse iluminado y a la cabeza de un proyecto teocrático.
Y ahora tenemos al pastor Caballeros, quien por cierto fue guía espiritual de la familia Serrano y recibió importantes diezmos en aquellos años de esplendor, quien también muestra esa misma vocación de creer que es superior a la ley. El problema, insisto, no es en que sean o no cristianos, evangélicos o protestantes, sino en que aprovechen su filiación religiosa con fines políticos porque si lo hacen, estarían llamados a ser ejemplo y modelo para la sociedad.
Uno sabe que muchos creen que en política todo se vale, pero cuando quien lo piensa, hace y dice es alguien que nos está hablando de los valores cristianos (que no son valores de los protestantes sino de todos los que somos cristianos), su compromiso es tremendo y no puede desbarrar anteponiendo su ambición al respeto a la ley y a la elemental decencia.