Uno debería aislarse de vez en cuando y salir de la rutina para no enfermarse. Darse vacaciones, olvidarse de las cosas y, por lo menos una vez a la semana, hacerse el loco y no tomar nada en serio. Se debería tomar licor al menos una vez cada quince días, evadirse, perderse con el propósito de encontrarse y retomar las cosas con más brío.
Por razones de salud mental, uno debería salir del país cada dos meses. Pasear, caminar y conocer otros países aunque sea en lugares cercanos como El Salvador, Honduras y Nicaragua. Se debería hacer el amor con más frecuencia, besar con más frecuencia y dejarse amar más seguido. Uno debería autocomplacerse de vez en cuando, consentirse y sentirse merecedor de los bienes de la tierra.
En esta época de cansancio y de estrés, uno debería atreverse a pintar, escribir poesías, declamar, hacer teatro y hasta convertirse en mago. Una vez a la semana uno debería cantar en alguna cantina de la ciudad, contar chistes en un salón y hacer payasadas públicas por la calle. Con más frecuencia debería uno poder desnudarse, verse detalladamente y sentirse especial, creer que se es el más dotado del planeta y con una potencia superior al de cualquier garañón.
La vida es tan agobiante que mensualmente uno debería declarase enfermo en el trabajo. Protestar y quedarse en cama toda la jornada. Sentirse el rey y comer tranquilo en la habitación. Mirar la televisión todo el día. Ver programas chatarras: los Simpson, Qué locura y hasta alguna telenovela (aunque sea mexicana). Sería vital también con más frecuencia olvidarse de la salud y la dieta y comer hamburguesas, elotes locos, shucos y mucha bebida dulce.
También es deseable ser irresponsable al menos una vez cada tres meses. Gastarse tres cuartas partes del salario sólo en uno, visitar las tiendas y comprar zapatos, camisas, libros y muchas cosas que quizá en el futuro no sirvan para nada, pero que constituían un caprichito nuestro. Una vez al año uno debería poder ser infiel. Hacer un pacto con la elegida y decirle que es la salida anual, que no es nada serio y que se le invita a pasar la escapada más gloriosa del año. Uno debería invertir mucho ese día en esa doncella que se presta para un acto así de grande.
Varias veces al mes debería uno no ver noticias, no leer periódicos ni encender el radio sino para escuchar música. Debería uno tener capacidad para olvidarse de los políticos, del país, del calentamiento global y del hambre. Una vez a la semana debería uno esforzarse por ser feliz. Sin duda así, todos, mujer, hijos, padres, amigos y hasta Dios mismo se sentiría orgulloso de nosotros.
La cosa empieza con una idea simple: escaparse con más frecuencia y no tomarse la vida tan en serio. Eso sí, no lo haga muy seguido porque podría tener problemas y efectos contraproducentes. Inténtelo.