¿Libre competencia o libre explotación?


Es descabellada la idea de la ganancia cuando implica obtenerla de la explotación de un pueblo con dientes apretados, estómagos retorcidos y con cuerpo encorvado por el peso de tantos años de opresión.

Luis Arevalo
usacconsultapopular@gmail.com

En Guatemala, en los últimos años se ha registrado una escalada en los precios de los combustibles, severamente dañina para la economí­a. Esto es originado por el incremento de la cotización del crudo a nivel internacional y de acuerdo con el presidente í“scar Berger la solución no está en sus manos.

Vivimos en un paí­s del Tercer Mundo, casi del cuarto, aunque esta clasificación aún no sea oficial, es decir que, nos hallamos en un paí­s periférico donde los efectos de la globalización llegan retrasados, pero se hacen sentir fuertemente.

Según el gobierno las gasolineras operan bajo la libre competencia cuando realmente lo único que varí­a entre una y otra es dos o tres centavos de quetzal. Más bien, parece o se entiende como la libre explotación del pueblo por empresarios muy bien representados en el gobierno de nuestro paí­s y con ansias de continuar con la misma estrategia.

Más del 100% se han incrementado los precios del combustible en los últimos 10 años, lo que repercute también en el aumento de precio de la mayorí­a de los bienes y servicios necesarios para preservar la vida, mientras el salario para la población apenas se ha incrementado nominalmente devaluándose en términos reales.

Se compran derivados del petróleo a paí­ses con agendas no muy sociales, cuando existen otros al sur de nuestra región que son productores directos y estarí­an dispuestos a negociar preferencialmente hasta el punto de poder pagarles con otros bienes o servicios.

No es muy alentador el panorama polí­tico de nuestro paí­s, cuando en los planes de gobierno de los partidos polí­ticos más destacados, mejor dicho mayor publicitados, se encuentran deseos de reducir impuestos directos como el ISR para fomentar la inversión extranjera. Como consecuencia, y auque no lo dicen, esto tendrí­a que compensarse con el aumento de impuestos indirectos hartamente perjudiciales para la población guatemalteca en general.

Es imposible saber con exactitud hasta cuando continuaremos con este modelo estéril para la sociedad, pero sabemos que no muy lejos está el dí­a en que se logre la verdadera dignificación del pueblo.

Es descabellada la idea de la ganancia cuando implica obtenerla de la explotación de un pueblo con dientes apretados, estómagos retorcidos y con cuerpo encorvado por el peso de tantos años de opresión.