El tema de toda conversación entre los habitantes de la capital se refiere obligadamente al pánico prevaleciente, ante la indetenible violencia. A lo interno y externo la persona no puede ocultar ese estado anímico, pese a la intencionalidad de apegarse a distractores con esfuerzo.
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De alguna manera libera sus inhibiciones al momento de involucrarse en pláticas cajoneras en el medio donde se desenvuelve a diario; comparaciones aquí y allá sin asomo de solución; percepción cómo existen casos y cosas más abajo que elevan la autoestima, ajenos a menoscabar a los demás.
Imposible, que es poco decir, suceda el revés de la medalla y romper las amarras que vinculan con el pánico recalcitrante, nada ni nadie escapa a ser víctima del descomunal monstruo que roba la seguridad y tranquilidad a la vez. Distante de desaparecer tal caso crítico, crece con impacto.
Un escenario patético que doblega a su paso todo cuanto encuentra en el funesto recorrido, semejante al perfil de Atila sirve en el mismo hoy en día. Hechos de tinte rojo son los tétricos protagonistas decididos a exterminar a los habitantes de la generación que sean, está demostrado.
Las personas en general vienen a ser presas del pánico, tanto durante el día como por la noche, debido a esa ola mayor en sus efectos que el Stan. La sociedad bajo esta férula terrible pierde lo esencial de lleno, en materia de satisfactores a los que tiene derecho según la Constitución.
Tomemos el caso de dos generaciones distintas para sacar una conclusión. Quienes pertenecen al sector adulto y adulto mayor, experimentan con más potencia el choque entre ayer y hoy. En tanto las nuevas generaciones ya empezaron a vivir circunstancias difíciles, víctimas del pánico en mención.
Feminicidios, asesinato de menores; asaltos en los buses y robo de sus pertenencias; crímenes contra pilotos y ayudantes; asaltos de las viviendas y en la vía pública. Hallazgo de cadáveres con señales de tortura y tiro de gracia, a la vera del camino, son ahora el pan cotidiano lamentablemente.
Contadas familias escapan de pérdida de alguno de sus miembros. Hay luto y pánico tremendo ante esa hidra de mal. En esas circunstancias deprimentes se conforma el caldo de cultivo para tormento de los citadinos. En esas condiciones críticas, ¿Será posible eso del pánico al ataque?