La mayoría de mis amigos no figuran en algún partido político. Es más, no simpatizan con nadie de los candidatos presidenciales. Ninguno de los aspirantes a suceder al presidente í“scar Berger les convence, y de ahí que nuestras conversaciones giran en torno a diversidad de temas, descartando generalmente aspectos de carácter político.
Pero el lunes recién pasado en la mañana recibí llamadas telefónicas de varios de esos camaradas, que, ajenos a los intereses electorales, expresaron su repudio a lo acontecido el día anterior en las filas del PAN, y no porque hubiesen pensado en votar por la malograda candidatura del médico Francisco Arredondo ?incluso ni siquiera están motivados para concurrir a las urnas?, sino por lo que calificaron de «canallada», «puñalada», «traición», «cabronada» (y otros epítetos más severos y escatológicos) de que fue víctima el radiólogo devenido en político.
Lo más grave, quizá, no es la aciaga acción cometida contra Arredondo, sino la confirmación de que, siempre con sus honrosas excepciones, en la actividad política partidista cada día se profundiza el abandono a elementales valores inherentes a la honestidad, la lealtad, el honor, la sinceridad.
Cuando en las primeras horas de la noche de ese lunes me reuní con otros amigos, la reacción fue similar. Algunos manifestaron su indignación, aunque fuese momentánea, por la actitud desvergonzada de los dirigentes del PAN, especialmente del secretario general, quien, a la vez, es presidente del Congreso de la República, para mayor escarnio de la clase política.
Conozco superficialmente al doctor Arredondo, y las veces que conversamos, antes de que se lanzara de candidato presidencial del PAN, me dio la impresión de que es un hombre sencillo, interesado en contribuir a resolver los agobiantes problemas del país, preocupado por las condiciones de abandono de los sectores más vulnerables y menos afortunados; pero sin olfato político como para desconfiar de quienes no se tientan el alma para vender su conciencia al mejor postor.
Primero, fue descalificado por el presidente Berger, cuando Arredondo intentó contender en las anunciadas y posteriormente suspendidas elecciones internas de la Gana. Después, encontró acomodo en un partido que lo acogió como su salvador financiero, sin imaginarse que, meses después, la dirigencia del PAN, sin el menor asomo de rubor para guardar las apariencias, lo desechó y llegó al colmo de negarle la oportunidad de dirigirse a sus seguidores en la caricaturesca convención nacional del domingo 10, cuando ocurrió el afrentoso espectáculo de inmoralidad política.
Para vergí¼enza y bochorno de los guatemaltecos, el sujeto que tramó esa felonía seguirá en la presidencia del Organismo Legislativo, engalanado, sonriente y cínico en sus declaraciones a la prensa, como cuando llegó al extremo de afirmar que la defenestración de Arredondo no fue por cuestión de dinero sino de «principios». ¡Qué desfachatez!
Manipuleos de esta naturaleza provocan que la inmensa mayoría de guatemaltecos sean renuentes a participar en política y sostengan conceptos peyorativos de los políticos en general; aunque, es preciso reiterarlo, no todos los que se dedican a esta actividad son inescrupulosos por antonomasia, porque yo conozco a personas honradas que militan en partidos políticos, con la entereza de que es posible proceder con ética y decencia.
Si ante la vista de miles de guatemaltecos se le birló la candidatura a Arredondo, ya sea porque observaron las escenas en los informativos de la televisión o leyeron en los diarios y vieron las fotografías que mostraban cómo los dos tercios de los delegados de la asamblea abandonaban el recinto, en rechazo a las artimañas de la dirigencia del PAN, cualquiera se pone a pensar lo que pudiera suceder si gente de esa calaña llegara a dirigir los destinos del país.
Asusta en verdad imaginarse la clase de negocios que realizarían a la sombra del poder, aunque afortunadamente no tienen ninguna posibilidad de triunfar en las elecciones, sobre todo después de lo acontecido el domingo anterior, cuando mostraron hasta dónde puede llegar la desbordada ambición de políticos marrulleros, ahora sumergidos en mayúsculo desprestigio.
(Cierto dirigente nacional de un partido que no es el PAN, el lunes temprano, sintiéndose muy mal del estómago, se comunicó telefónicamente con su médico, el gastroenterólogo Romualdo Cuadrado, a quien, después de ponerle al tanto de sus dolencias, le preguntó: -Doctor, ¿me puedo bañar con diarrea? El especialista respondió: -Pues si le gusta? y tratándose de usted creo que no le hará daño).