En cualquier país medianamente democrático, donde se respeta la dignidad ciudadana, la duda que pesa sobre la integridad del señor íscoli para conducir con idoneidad los asuntos de la Junta Electoral Departamental de Guatemala sería suficiente razón para renunciar inmediatamente en aras de la transparencia electoral.
Pero, ya se sabe, vivimos en Guatemala.
La forma en que han sido manejados dos ejemplos paradigmáticos, como lo son el fracaso de la actual administración de la cartera de educación ?con la cual se relaciona al señor íscoli? y el fracaso de la anterior administración del Ministerio de Gobernación refrenda la incertidumbre de que estemos ante otro caso de falta de ética política, de ahí que, aunque la mayoría de partidos políticos lo impugnen, el TSE lo confirma en el cargo, a pesar de que el TSE se encuentra en su nivel de más baja credibilidad desde cuando empezó el actual proceso de apertura democrática, lo cual agrava el cuestionamiento sobre el nombramiento del señor íscoli, por lo mismo, el TSE está llamado, con mayor urgencia, a transmitir confianza a la ciudadanía tomando decisiones incuestionables y precisas para que el proceso electoral transcurra de cara al Sol.
Verdad, mentira o suspicacia, solo la conciencia del señor íscoli lo sabe, lo que importa es la transparencia del proceso electoral y nadie mejor que los señores magistrados del TSE para evitar que la duda carcoma la más importante de las justas cívicas, máxime que estamos necesitados de que el rumbo político del país avance por los caminos de la racionalidad y la moralidad. Por lo tanto, la premisa fundamental para lograrlo requiere que el TSE garantice un proceso electoral sin mácula. Pero también los dirigentes sociales deben dar muestras de altura cívica, de madurez ciudadana y de verticalidad ética en el desempeño de sus funciones que, como la que requiere una Junta Electoral, debe estar despojada de cualquier duda que la empañe.
Mientras el señor íscoli continúe en el cargo, pone no solo en entredicho la justa electoral, sino que el TSE desperfila aún más su alicaída autoridad, fuera de que los nubarrones de un eventual fraude planearán a lo largo del proceso y el mismo día de las elecciones.
Con el empecinamiento, ¿qué ejemplo transmite a sus hijos el señor íscoli y a la sociedad en general el TSE? Ya lo dijo Ortega y Gasset: sin la ejemplaridad de las élites y de los gobernantes nada puede exigirse a los subalternos y a la sociedad. Este es un elemento muy importante a tener en cuenta porque después cómo podemos esperar que el pueblo sea bueno, que no se adhiera a las pandillas, al crimen organizado, a la delincuencia común, a la corrupción, si quienes se visten de cuello blanco abusan de su poder.
Por ello, ante un proceso político tan criticado, ora porque los partidos no maduran, ora porque la dirigencia política deja mucho que desear, ora porque las autoridades electorales no se hacen respetar, insistir en el nombramiento del señor íscoli y el mismo señor íscoli no ruborizarse siquiera ante los señalamientos, lo único que se comprueba es que «algo huele mal en Dinamarca».