La actual campaña política se desarrolla con una fuerza poca cívica, diluida en penetración televisiva, páginas en los periódicos, encuestas (el gran negocio en nuestro medio manejado por extranjeros), vallas, volantes de colores que saturan postes, árboles, paredes, puentes y todo lo que lleva a la vista la gran figura de los candidatos.
Pero… una penetración patriótica, cívica de amor a Guatemala, de fe en los altos valores de una nación que se destruye en un mar de sangre provocada por una violencia criminal sin parangón en toda nuestra historia. El discurso de los protagonistas como líderes es vacuo, insípido, poco constructivo, no da confianza para el porvenir de la nación.
No hay planteamientos programáticos sobre lo que se quiere hacer en bien de Guatemala y de sus ciudadanos dentro de los acuerdos de paz y del desarrollo integral que merecemos los habitantes. A los grupos dirigenciales más se les ha ido en el afán pueblerino de las campañas de hace 50 años que consistían en destruirse unos a otros con la bajeza de las campañas negras y anonimistas, sólo que ahora son de tipo electrónico, de Internet y de desbarrar en las radiodifusoras escondidos en nombres supuestos con la misma cobardía antañona que caracterizó a los políticos de viejo cuño.
No cabe duda que aún estamos inmersos en incultura política, en miseria intelectual de ordenamiento científico político social, estamos viviendo en la incapacidad, la falta de estadismo profesional para gobernar a nuestra nación.
Pensar en las toneladas de demagogia que costarán millones de quetzales en publicidad estéril nos hace pensar que el que llegue a gobernar es imposible que de la noche a la mañana como con una varita mágica de un día para otro termine con la violencia, con el desorden y el desequilibrio social, para eso pasarán muchos años, el problema no es de soplar y hacer botellas, es de talento gubernativo, de estadismo, de capacidad, no sólo en el que presida sino en el equipo que lo acompañe que hasta el momento lo tienen en la oscuridad.
Nuestra patria está en la gran encrucijada, votar o no votar. En Occidente hay una gran corriente ciudadana que no quiere reelecciones sino cosas nuevas, ciudadanos que sean trasparentes honestos y patriotas.
Veremos que dice la suerte en la ruleta política en 2007.