Poner barbas en remojo


No quisiera ser pesimista y únicamente trato de llevar a cabo una reflexión, aunque lamentablemente, los pocos lectores que leen mi columna puedan hacer un análisis de lo que he dicho sobre posibles sucesos nacionales desagradables que han culminado con «ya ven, se los dije». No quiero ser ave de mal agí¼ero.

Héctor Luna Troccoli

Sin embargo, actualmente se ha producido un fenómeno sociológico inédito en nuestro continente americano en donde, de manera democrática, gobiernos de izquierda dominan un gran parte del espectro polí­tico, lo cual, a tí­tulo personal, es bueno y me agrada, Brasil, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Chile, Argentina, Ecuador, Perú, para citar algunos, son un ejemplo de esta situación.

Sin embargo, como es usual, polí­ticamente hablando, a algunos de estos dirigentes se les va la mano al radicalizar sus posiciones y la emprendan, con poder en mano, en contra de un «enemigo» sui generis, que para ellos, es el causante de sus males: la prensa. Incluso aquí­, aunque tengamos un gobierno empresarial de derecha, se han dado casos de amenazas o agresiones contra periodistas, afortunadamente no tan graves como en la época represiva cuando, muchos excelentes amigos y hombres y mujeres de prensa fueron asesinados, otros, como yo, tuvimos mas suerte y en mi caso pues sólo fueron dos atentados, uno que me dejó inválido, unas cinco o seis veces en la «tigrera», tres veces al exilio y una que otra somatada, para que, afortunadamente, una «nueva generación» periodí­stica ejerciera sin cortapisas su derecho constitucional.

Sin embargo, aquí­ hay que poner en la balanza dos temas fundamentales que el espacio me limita profundizar, pero que ameritan profundas reflexiones: una, la epidermis «sensible» de muchos ex funcionarios y actuales y futuros funcionarios de los tres organismos del Estado que no soportan las crí­ticas, en algunos casos injustas, y dos, la falta de una verdadera convicción del periodista de que todo derecho tiene un lí­mite y que la libertad no implica agresividad y menos aún mentir abiertamente al no comprobar los hechos o «agregarles» opiniones que caben en un editorial o una columna, pero no en una noticia. El derecho de una persona termina donde empieza el derecho de otra, es el concepto jurí­dico restrictivo de toda libertad que se aplica tanto a los que ejercen el poder, como a los trabajadores de los medios. Si ese concepto no es entendido y asimilado y se convierte en un fundamento de convivencia pací­fica dentro del Estado de Derecho, no podremos avanzar mucho en el camino de una real libertad de prensa, que no debe ser sólo el motivo de debate y condena de una sociedad interamericana de prensa, sino de una sociedad nacional, con sus virtudes y defectos.

Chávez no es la excepción, como no lo fue aquí­ Lucas o Méndez Montenegro. Por esas y otras razones, hay que poner la barba en remojo…..