Muchos guatemaltecos creen ingenuamente que las elecciones tienen un poder mágico para cambiar el rumbo de la nación y por eso se entusiasman cuando algún candidato llega a sus comunidades, con mayor razón si les regalan gorritas, playeras y otras baratijas, además de las promesas vacías, pero rodeadas de una impresionante demagogia.
El desarrollo de la historia contemporánea, demuestra que en el mundo capitalista las elecciones no son una solución a los problemas de los pueblos, pero los políticos dan esa idea con mucha audacia y picardía. En el contexto existe todo un manejo ideológico hacia esa dirección.
El verdadero problema será el próximo 14 de enero cuando el agua supuestamente volverá a su nivel y cuando el nuevo gobierno tendrá que enfrentarse a la realidad de la crisis que está viviendo la sociedad guatemalteca.
Sin lugar a dudas, el nuevo gobierno va ser mucho más débil que el actual ante la magnitud de los desafíos económicos, sociales y políticos, además de los efectos apabullantes de la globalización. Ante la imagen pública, hay varios contenidos que se están manejando en la actual campaña electoral. Uno de ellos es la incertidumbre, pues el guatemalteco siente realmente que no tenemos una perspectiva de futuro. Nadie sabe qué va a ocurrir el año entrante y por ello los aspirantes a la guayaba utilizan un discurso retórico demagógico.
Por otra parte, hay que reconocer que los partidos políticos coinciden en una realidad objetiva, o sea que Guatemala se encuentra de rodillas ante la embestida de la violencia y los altos niveles de criminalidad.
Para la construcción de una verdadera democracia y no una simple democracia de fachada, las elecciones son necesarias, pero no son suficientes. Es importante que dentro de un proceso democrático se lleve a cabo una consulta popular, pero eso no lo hace todo. Sólo es un mecanismo para legitimar o garantizar un cambio no violento.
Sea quien sea el que gane las elecciones del próximo 9 de septiembre, va a tener que hacer un gobierno conservador, o sea la prolongación del modelo económico vigente inspirado en un neoliberalismo salvaje cuyo denominador común es la pobreza de la mayoría y la opulencia de la minoría.