En Guatemala se ha perdido, virtualmente, el valor de la moral y el de la ética en sus varios aspectos.
Los señores que juegan a la politiquería partidista ?no todos, desde luego, pero sí en su mayoría, v.gr.-, se están caracterizando por una cultura que, casi, casi, se halla a la altura del trapeador de cocina?
En los ya lejanos días de la Revolución de Octubre del 44 de la pasada centuria y en algunas épocas subsiguientes otra era la situación. Había decoro, dignidad entre los ciudadanos con militancia en los diferentes grupos políticos. Por supuesto, siempre ha habido ovejas negras, pero no como ahora, cuando la corruptela asoma su renegrido rostro arriba del gallinero oficial y debajo de ese gallinero?
Está en marcha acelerada ?ya con «difidación» del TSE- la campaña electoral para llevar a posibles «viables» a las posiciones de gobierno de diversas jerarquías, por lo que los políticos, politiqueros y politiquientos, propiamente dichos, se encuentran en constante ajetreo, y los que pretenden encaramarse a lo alto están vomitando demagogia, al punto que poco falta para que ofrezcan paraísos de este mundo y del otro. Son muy gamonales, pródigos en promesas para con la gente que por creer en los cantos de sirena o por mera novelería o curiosidad asiste a los mítines de los enfermos de ambición.
No pocos diputados, alcaldes y concejales quieren seguir succionando las ubres presupuestarias. ¡Ya les gustó vivir prendidos de esas mamas!, tanto es así que pretenden la reelección. Allá los incautos y tontos de capirote que quieran volver a servirles de escalera.
La reelección de burócratas no deja de pecar de antidemocrática, al menos en países poco evolucionados, cívicamente hablando, como el nuestro, sobre todo cuando sabemos que muchos, pero muchos funcionarios expresan una cultura nada decente, nada honesta, que vale para cometer tamañas garfadas.
También esa gente trajinante en los lodos malolientes de la politiquería partidista trata de ir a lo seguro para mandar y medrar sin medida, a más no poder. Con tal propósito busca acomodo en los grupos que, según creen, «las polainas», como suele decir Juan Chapín. Esos moluscos o mamíferos del partidismo de «metálica ideología arribista» (¡…!) cambia de partido (o de partidos) como cambiarse los calcetines o los calzoncillos. Son unos tránsfugas que ni se inmutan. Son unos carirraídos de siete suelas. Son, realmente, unos camaleones dignos del repudio ciudadano.
De todo hay en la viña del Señor. Por consiguiente, a nadie debe causar extrañeza que esos especimenes de la politiquería bailen al son que les toquen; que salten los batracios de charco en charco. Son los enanos emasculados del sectarismo de la peor especie.
Ante las cosas que estamos viendo en estos momentos de forcejeos político-electorales, lo conveniente y procedente es reflexionar al influjo del civismo, del patriotismo, sobre la problemática general del país y aquilatar bien las cualidades y las calidades de quienes se proponen saltar a las posiciones burocráticas, porque en su mayoría van a servirse del Estado, de sus arcas, no a servir a ese desplumado papá para resolver los grandes problemas y necesidades de un pueblo que está llegando a una situación que es de parir o de reventar.
En el evento comicial del 9 de septiembre los ciudadanos debemos tomar una decisión solemne, patriótica, para decir «sí» a los buenos y «no», rotundamente no, a los malos que derrochando demagogia y consabidas añagazas intentan pescar en sus redes al electorado, por lo menos a los incautos que pueden servirles de catapulta.
Y? ¡cuidadito con los falsos politiquientos del camaleonismo!…