Imposible nos resulta a todos recordar cuándo fue la primera vez que escuchamos la palabra democracia, pero lo que sí podemos es relacionar este término al concepto de libertad, igualdad de condiciones y oportunidades para tener acceso a la educación, salud y a la justicia. Sin embargo, la realidad de Guatemala nos indica lo contrario, y es ahí donde cabe la pregunta, ¿es realmente funcional el actual sistema democrático? ¿Si en más de veinte años, desde que Cerezo asumiera el poder, la sociedad no ha sentido el bienestar que este sistema en su momento prometió darle, qué representa entonces para los pueblos la democracia en términos de bienestar y desarrollo?
Los efectos dañinos que causó el modelo neoliberal en América Latina recientemente y la paupérrima situación de los países de Europa del este después de la guerra fría, se han encargado de proscribir a los dogmas por absurdos e ineficaces. Entonces vemos que si no son estas ideologías las salvadoras de los pueblos, habría que buscar entonces un punto de equilibrio, ¿será entonces la filosofía socialdemócrata por si sola suficiente para apuntar al bienestar y desarrollo? No lo creo, la política es hecha por el hombre y éste es imperfecto por naturaleza, ¿cuál sería entonces el primer paso para salir del atraso y la pobreza? Si a mí me hicieran esta pregunta tendría que responder que un mejor modelo se inicia en la construcción de nuestros dirigentes. Sí, estimado lector, no es casualidad identificar que la calidad de los gobernantes y funcionarios se encuentra íntimamente ligada al desarrollo, y esta premisa recae inicialmente en una ley electoral exigente en términos de capacidad y moralidad. Una Ley electoral y de partidos políticos exigente para mí significa el inicio para armar ese andamiaje jurídico que representa la reforma política y la posterior e inmediata reforma del Estado. Aquí media vez mantengamos este sistema partidocrático no le estaremos apuntando ni siquiera a un verdadero estado de derecho. Hace unos meses escuché el comentario de una persona conocida que luchaba por una candidatura en un partido político, «hoy me toca dejar a un lado mis principios en aras de obtener resultados positivos» comentó con candidez, y efectivamente lo logró, hoy va de candidato a diputado.
Es evidente que el actual sistema político no exige de las autoridades capacidad ni moralidad, y esto es algo que debe revertirse sin tardanza y sin hipocresía por tratarse del peor mal que ha desnaturalizado el verdadero valor y rol de la política. Es fundamental recuperar la confianza para legitimar las instituciones, no hay que olvidar que lo común nos afecta a todos, pero esto no va a ser posible si no partimos de la moral y la justicia, por supuesto reformulando también el concepto del consenso y la eficacia. Es fundamental renovar el actual sistema político, éste es un modelo que bajo el disfraz de una Constitución semántica se encuentran tras de sí las peores injusticias amparadas en las vestiduras de la legitimidad del voto. Aquí no hay de otra, este es un año electoral donde las mismas autoridades que fluirán derivadas de estas elecciones tendrán que hacer el cambio, si no, sólo observemos desde ya esos negros nubarrones.