Hay momentos en los que se debe hacer un alto y no apartarse de lo fundamental que llevamos dentro, es decir, nuestra esencia y condición humana. Como humanos cometemos errores, alcanzamos metas, logramos aciertos, reímos, fracasamos, lloramos, amamos y unos más odian de manera pronunciada y arraigada. Así las cosas, ayer, en el Día de la Madre, se produjo en mí un natural sentimiento de nostalgia. Como algunos apreciados lectores saben, Mamá murió en junio del año pasado, por ello, este 10 de Mayo es mi primer año sin Ella, sin Mamá.
Lo evidente, desde nuestra condición humana y material, nos señala que todos provenimos de alguien. La obvia procedencia es de nuestra madre. Y la madre de nuestra madre. A su vez de su respectiva, en una sucesión cuyo «tope», si es que tal existe, se encuentra entre la fe, el creacionismo y la evolución de las especies. Independiente de ello, ambas, al escudriñar en sus propias raíces, nos dejan con sendos vacíos que escapan a nuestra inteligencia y capacidad de comprensión y entendimiento.
Nuestro origen es un misterio. Quizás como también lo es la vida después de la muerte. La periodicidad nuestra existencia frente a una anhelante eternidad, que con la frialdad de la observación de las estrellas, su aparente génesis y su irrebatible final, también nos confunden y nos hacen dudar sobre la eternidad misma. El Universo se muestra cambiante y en él la medida del tiempo adquiere proporciones humanamente inalcanzables. Como lo es nuestra reflexión más allá de lo religioso sobre nuestro origen, nuestro destino «final» o nuestra aparente conclusión como seres vivos.
El recuerdo de los gratos momentos vividos. La presencia de las imágenes de felicidad, de dolor, de angustia, de incertidumbre, de satisfacción, de alegría, de expectación, de todas y cada una de las emociones que como seres humanos vivimos y sentimos, se hace presente con su fugaz arrogancia. Así es la vida. Así es nuestra existencia. Hoy, un día después, un minuto de silencio, o tal vez una hora o un día, o una jornada de ayuno, por nuestras madres fallecidas; por nuestros seres queridos fallecidos.
Hoy que estas líneas nos inunden de recuerdos, de otras reflexiones. Que por unos instantes nos apartemos de la absorbente cotidianidad y nos podamos sumergir en nuestro dolor, en nuestra aprehensión. Para luego emerger con nuestros amores renovados por nuestros seres queridos vueltos a vivir en nuestros recuerdos, en nuestra mente y en nuestros corazones. Como un aliento que en efecto es vital, pues el reconocimiento de la muerte nos ayuda a acentuar nuestra energía para vivir y salir adelante, hasta que llegue nuestro propio momento para partir y entonces, otros, nuestros descendientes, habrán de continuar la tarea de recordarnos hasta que nuestra huella también se borre de sus propios recuerdos.
Mi primer año sin Ella, o talvez aún más con Ella y en Ella. Gracias por su tiempo. Gracias por su comprensión.