Los magnicidios fallidos de abril (II)


El 29 de abril de 1908 cuando Manuel Estrada Cabrera se disponí­a a recibir al enviado de Taft el recién inaugurado Presidente de los Estados Unidos de América, se realizó el atentado de los cadetes Guillermo Heimske el nuevo Plenipotenciario enviado de Washington, estaba recién llegado y se iba a iniciar a lo grande. Cuando el tirano caminaba frente a la columna de cadetes que hací­a guardia y justo en el momento que pasaba a la bandera, el cadete Ví­ctor M. Vega le disparó a boca de jarro sin tomar punterí­a. La acción de Vega no fue secundada y fue sometido por los espalderos del dictador quien solamente recibió una pequeña herida en un dedo. Una bala mejor dirigida terminó con la vida de un miembro de su escolta.

Mario Castejón

Como en el atentado de la bomba, la represión fue inmediata, el Gobierno habí­a tejido una red de espí­as e informantes introducidos en todos los estratos de la sociedad y lo que no sabí­an lo inventaban, en este caso los ojos estaban puestos en la Escuela Militar. Durante la Semana Santa, dí­as atrás habí­a fallado una conspiración en la que participaban algunos de los implicados en ésta. La acción se proponí­a apresar al mandatario, cuando los conjurados disfrazados de cucuruchos acompañarí­an una procesión que se cancelara la acción tras la detención de muchos de los implicados, el mismo Presidente dispuso que la procesión cambiara de itinerario.

Después del atentado, Estrada Cabrera personalmente dirigió las investigaciones para apresar a los participantes apoyado por su consabido séquito de esbirros y lambiscones que esperaban ganar puntos. Los implicados directamente fueron el capitán Emilio Maldonado, el teniente Alfredo Fuentes y el comandante de cadetes Manuel Marí­a Moreno. También El capitán Alberto Hurtado Peña, José Marí­a Escobar y Ví­ctor M. Vega, todos fueron ejecutados en los patios de la Escuela con los coroneles Manuel Cardona, José Salazar y Daniel Mendoza. Once civiles detenidos por lo de la bomba un año atrás que habí­an sido ya sentenciados a prisión, algunos inocentes del primer atentado, también fueron ejecutados. Causó gran consternación el caso de los señores Pedro Cofiño y Ramón Palencia quienes fueron pasados por las armas en la Antigua, frente a los muros del viejo Convento de San Francisco.

Conocí­ de primera mano una anécdota de aquel suceso que me contó un entrañable amigo en Petén allá por los años 60. Se trata de Ramón Rodrí­guez Ariz quien para el atentado viví­a como «Cadete asimilado» en la Escuela Politécnica, tení­a solamente 13 años y su tí­o el general Enrique Ariz mano derecha de Cabrera, era el director de la Escuela. Contaba que ese dí­a los que no fueron llevados por la Policí­a Secreta guardaban prisión tras bartolinas incluyéndose él. En los dí­as siguientes fueron surgiendo algunos calificados como conspiradores de los cuales se hizo cargo la Policí­a. í‰l con otros permanecieron tras las rejas y todos los dí­as recibí­an dos tandas de azotes con el cuerpo desnudo.

Así­ las cosas, con otro compañero decidieron huir y una noche del mes de mayo saltaron la pared de la escuela y agarraron camino a pié atravesando el departamento de El Progreso hasta El Rancho, luego subiendo las montañas de Santa Elena llegaron a Cobán. El amigo era cobanero y más tarde llegó a general tras haber reiniciado la carrera militar y vino a suceder al presidente Ubico, su nombre era Federico Ponce Vaidez. Don Ramón Rodrí­guez siguió sólo hacia el norte internándose por Sebol al Petén llegando al Rí­o de la Pasión y luego al Usumacinta y al Chixoy o Rí­o de las Salinas que fue donde yo lo conocí­ en 1959, nunca regresó a Guatemala hasta 1966 pasados 58 años, cuando fue mi invitado para reconocer la ciudad. Jamás volvió a encontrarse con Federico Ponce Vaidez ni supo de él hasta pasada su efí­mera gloria interrumpida por la Revolución que lo derrocó.

Estrada Cabrera fue sacado de su residencia La Palma el 15 de marzo de 1920 y al pasar cabizbajo frente a la valla de soldados que guardaban su residencia, el ya mencionado general Enrique Ariz ordenó: «Pasa el Presidente, presenten armas». El cadete Rogelio Flores que habí­a estado 11 años preso siendo casi un niño gritó: «Â¡Aquí­ no va un Presidente, va un prisionero del pueblo, tercien armas!».

La oficialidad joven apoyaba a los Unionistas pero lamentablemente a éstos les faltó visión y ninguno de los hombres de la talla del doctor Julio Bianchi, Tácito Molina, Manuel Cobos Batres, Luis Pedro Aguirre, Emilio Escamilla, Eduardo Camacho y José Azmitia, fue electo Presidente.

Manuel Estrada Cabrera dejó tras de sí­ una Guatemala triste que todo lo soporta, en donde por lo general, los menos calificados ocupan los altos cargos de la Nación. La Revolución mexicana que se inició en 1911 motivó a los Estados Unidos a mantener a Estrada Cabrera todos esos años, además, un monopolio norteamericano se habí­a adueñado del paí­s. La estrategia era asegurar las Repúblicas del Sur para detener la Revolución, los nombres de Francisco Villa y Emiliano Zapata traspasaban las fronteras y llevaban a la gente a pensar.