NUESTRO JARDINERO NERY Y EL CENZONTE


Cuando con la Lila mi mujer, atentos escuchamos el bello canto de los cenzontes ella me repite, «es que están pidiendo agua». Uno se pregunta, de verdad? ¿qué es lo que los hace cantar? ¿Cómo aprendieron esos diferentes trinos?

Dr. Carlos Pérez Avendaño

La dicha de tener colindante hacia el sur de la casa un bosque que da inicio a un barranco, nos permite gozar de las bellezas naturales de Dios. Los despertares en esta época del año son impresionantes cuando, a las cuatro de la mañana se inicia el cantar de los cenzontes con una sinfoní­a que durará todo el dí­a pero cuya madrugadora obertura es de lo más impresionante.

Hace algunos dí­as al regreso de mi consultorio y al ingresar a nuestro condominio, me intrigó ver a Nery nuestro jardinero, ahí­ de pie, inquieto, con la mirada dirigida hacia lo alto. Al bajar de mi automóvil me di cuenta que Nery estaba extasiado escuchando el canto de un cenzonte. Era un único cenzonte el que estaba allá arriba en lo alto de los cipreses y que interpretaba una de las más bellas sinfoní­as de su repertorio. Según los náhuatles, cenzonte significa cuatrocientas voces.

Me impresionó la actitud de Nery, porque según yo, el haber crecido en el campo ya deberí­a de haberlo acostumbrado a esos trinos, pero? no era así­. Nery estaba extasiado, y su actitud era de asombro, una actitud que, a mí­ me hizo pensar.

Me hizo pensar en un campesino que no tiene la oportunidad de escuchar una sinfoní­a de Beethoven pero sí­ sabe escuchar el canto lleno de misterios de la naturaleza viviente interpretando la sinfoní­a de la vida.

Vale la pena citar a Einstein: «Al tratar de penetrar con nuestros limitados talentos los secretos de la naturaleza, se descubre que, en el fondo de lo que es discernible yace algo sutil, intangible e inexplicable. Venerar esta fuerza que está más allá de lo comprensible, es mi religión». «La más bella emoción que podemos experimentar es el misterio», «Aquel incapaz de asombrarse y sentirse arrebatado vale tanto como muerto». (A stranger who can no longer wonder and stand in awe is as good as dead).

En nuestro patiecito trasero tenemos una fuente a donde acuden todos los dí­as, zanates, clarineros, cenzontes, y unos azulejos que llegan a su diario chapuzón, y a engullir su refacción que la Lila y nuestra empleada Esperanza les preparan. Es curioso que lo que más les gusta es la tortilla que hecha pedacitos, la recogen con el pico, la humedecen en la fuente y vuelan a comérsela en las ramas de los arbustos de nuestro patio.

Al terminar nuestro almuerzo, y antes de la siesta nos sentamos con la Lila en la sala y contemplamos el brillante azul de las alas de los azulejos.

¡¡Ah!! y es más, hay otro regalo más, el de una cenzonte que hizo su nido en nuestro garaje, y ahí­ la hemos contemplado empollando, quietecita, y ahora que los dos pichones ya nos muestran sus cabecitas la vemos ir y venir del nido llevando en el pico, los gusanitos, fuente de proteí­nas para los dos polluelos.

El milagro de la vida. La belleza de la vida. Según el diccionario de la Real, belleza es la propiedad de las cosas que nos hace amarlas infundiendo en nosotros, deleite espiritual. Deleite espiritual como el que sentí­a Nery, nuestro jardinero, cuando, extasiado, escuchaba la Séptima Sinfoní­a del Cenzonte.