Algunos clasemedieros arrojaron sapos y culebras la semana pasada a causa de la pérdida de tiempo que, según ellos, un montón de «burócratas huevones» (así se expresan de los maestros imitando a la realeza guatemalteca) les hicieron pasar en la vía pública. Los pseudoaristócratas estaban muy molestos desde sus pichirilos -que sienten sin duda como auto último modelo- porque se ahogaban de calor sea por la ausencia de aire acondicionado de sus carros o por la simple pena de no poder descender de la nave para respirar aire puro como sí lo haría un auténtico plebeyo.
A esta nobleza arrimada se le hace imposible pensar que las causas por las que los manifestantes exponen su vida en las calles pueden ser justas. Que las protestas pueden ser legítimas cuando tienen como intención la defensa de derechos agraviados o simplemente cuando obedece a la expresión de un malestar al que no se le ha puesto la atención debida. Para estos pequeños burgueses toda expresión de protesta es una vagancia, una holgazanería y un atentado contra la salud social.
Lo más triste de la actitud de quienes encarnan las buenas conciencias (porque sin duda son almas devotas de conocidas iglesias), consiste en que su incomodidad no nace de la reflexión sesuda de los hechos, el deseo de comprender la situación o el esfuerzo por leer la realidad, sino por clichés recogidos en la calle, la radio, la televisión y hasta por lecciones aprendidas al pastor que en eso de «megatendencias» y economía global se saben muy expertos.
Ya se sabe, el mundo es muy predecible y cuadriculado para los que se sienten con pedigrí. Si salen los pobres a «huelguear» entonces son manifestaciones ilícitas, impiden la libre locomoción y sus peticiones no son justas, sino más bien ridículas e imposibles de cumplir. Si es la alcurnia la que lo hace, los empresarios organizados, existen la tendencia a racionalizar sus males y a justificarlos: lo que pasa es que el Estado va contra ellos por resentimiento social, los que agraden a las empresas no saben de economía y hasta, dicen, es inmoral adversar a quienes son los creadores del capital del país.
Claramente, de manera anticipada, ya se sabe quiénes son los buenos de la película. El canchito, el bonito y bien vestido, suele llevar la razón. El sindicalista, ese muchacho corriente que ha hecho carrera dejando a los pobres alumnos por manipular a los maestros, el eternamente insatisfecho, ese es un perdedor, debería estar en la cárcel o cuando menos ponerse a trabajar. Hay algo en toda esta lógica que no funciona. De aquí que suene cuando menos raro que muchos hablen de «amnistía» o no «amnistía».
Amnistía no puede existir, de eso deberíamos estar convencidos, porque ésta desde hace tiempo se reserva a los oligarcas que la imploran cuando la creen necesaria, especialmente cuando se trata de impuestos. Por eso es que ellos se sienten celosos de la palabra y ni remotamente quisieran compartir un vocablo que fue inventado exclusivamente para ellos. Con esto no queda sino la condena (según desean) para los revoltosos, el castigo ejemplar para que en el futuro no se les ocurra de nuevo a los maestros protestar por nada (porque por nada protestan, obviamente) y se conserve así la paz que tanto merecen los guatemaltecos.
Qué lindo sería el mundo si los deseos de los niños bonitos fueran rápidamente realizables. Pero no es así. Todavía quedan protestas a granel y la de los maestros es apenas la puntita. Así que señores, los que la semana pasada estuvieron intratables, ajústense los cinturones, pongan aire acondicionado a sus máquinas, porque la cosa apenas empieza.