La América Latina es una hermosa zona geográfica conformada por numerosos países hermanos que han estado y siguen divididos, aunque siempre han mantenido relaciones armoniosas entre sí, con respeto de sus legítimos derechos soberanos y demostrando reciprocidad en sus diversas relaciones.
Simón Bolívar quiso un día luminoso unir como en fraterno abrazo a las naciones de Sudamérica tras romper heroicamente las oprobiosas cadenas del colonialismo español. Otros hombres han acariciado ese mismo ideal, pero hasta hoy los países de la región se encuentran «amurallados» dentro de sus respectivos límites territoriales.
Sería un gran acontecimiento histórico lograr la feliz cristalización del ideal integracionista de la América Latina; mas, al menos por ahora, ese sueño parece no ser realizable por razón del exacerbado nacionalismo de casi todos los pueblos de la región.
Hay marcado interés de líderes políticos que empuñan riendas de poder, en algunos estados de nuestra América Indiana, de realizar la ansiada unión regional, pero infortunadamente campean también ciertos intereses que pueden estar restando simpatías y aceptación a lo que pretenden esos gerifaltes de la politiquería de indeseables y preocupantes complicaciones internacionales.
Avezados analistas de lo que acontece en algunos países que han caído en las redes de golpistas, de políticos y politicastros entronizados constitucional y seudoconstitucionalmente, tienen la percepción de que se está urdiendo una conspiración contra el sistema democrático para instaurar regímenes dictatoriales de gobierno de tipo «socialista» que, en su momento, pueden ser declarados «comunistas», como ocurrió en la Cuba atrapada por Fidel Castro y sus hordas…
Los planes conspirativos tienen dedicatoria especial contra los Estados Unidos de América. Los promotores o protagonistas de las maquinaciones han estado trafagando en cercanas y lejanas latitudes para eslabonar la conspiración. Han puesto sus plantas en la China comunista, en Irán, en Corea del norte, en Vietnam, en Rusia, en Siria, en Palestina y en otros patios del mundo para regar babas de araña, como diría el doctor Arévalo.
Más de un dictador sudamericano de los nuevos oleajes de la politiquería internacional ha dicho que el propósito ?de suyo maquiavélico? es destruir pian, pian y pian, piano al «imperio», para luego lograr la integración no sólo de la América Latina, sino a la vez de otras «parcelas» de los diferentes continentes donde han sido masificadas a la soviética las sociedades que sólo pueden resignarse franciscanamente bajo las herradas botas y mediante el lenguaje «convincente» de las fustas de los fieros dictadores y tiranos que lo primero que hacen al entronizarse es poner a funcionar los llamados «tribunales populares» para masacrar en las prisiones y junto a los paredones de fusilamiento a los mortales que supuesta o realmente no van a remolque, cabizbajos y servalmente, a sus posaderas.
El objetivo ?al que apuntan fijamente? los que dicen estar tratando de unificar a los países de la Amerindia puede ser inalcanzable este siglo, el otro, el otro y el otro, porque los pueblos difícilmente permitirán que se les prive de respirar en el vivificante clima de la libertad y de todo lo demás que brinda con la pureza de sus esencias la democracia. Puede ser más fácil que los conspiradores desaparezcan tarde o temprano o más temprano que tarde, que las víctimas de la gran conjura.