Importancia de la oratoria forense -I-


«La oratoria forense es

la exigida ante los tribunales de

justicia, en las vistas o audiencias

en que, lista para sentencia la

causa, las partes, o con mayor

frecuencia sus letrados resumen

ante el juez o los magistrados los

hechos, las pruebas y los

fundamentos de derecho que

apoyan su tesis y su petición de

condena o absolución».

(Guillermo Cabanellas).

Rolando Alfaro

Antonio Miguel Saad, nos señala que la comunicación oral, si no es el único factor que integra la personalidad, sí­ es el principal determinante en ella, pues de nada le sirve al hombre, ya sea profesional, ejecutivo, directivo o simple empleado, poseer un acervo de conocimientos, si no puede entregarlos con serenidad y bien organizados; si no es capaz de manifestarlos como una respuesta al estí­mulo exterior.

En consecuencia, hay en la comunicación personal y directa una buena cantidad de factores que concurren a precisarla: los gestos y los ademanes. Estos complementan la comunicación, le dan vida y calor, la delimitan, la hacen más clara y más significativa; pero no pueden en todos los casos, reemplazar a las palabras. Por ello, cobra singular relieve la pronunciación correcta y clara de las mismas. El interlocutor, finaliza el tratadista citado, como el público no deben dudar de lo que han escuchado para poder comprender bien.

El orador es la persona que habla en público para persuadir a los oyentes o mover su ánimo. Dí­cese, en sentido absoluto, del que por su naturaleza y estudio posee las cualidades que lo hacen apto para lograr los fines de la oratoria: motivar, persuadir, convencer o enaltecer. Se puede decir que el orador es el que puede abrir alguna de las cuatro puertas que hay en el hombre: la del corazón, para motivarlo; la de la voluntad, para persuadirlo; la de la inteligencia, para convencerlo; y la de la imaginación, para enaltecerlo. Los diferentes autores consultados en el tema que nos ocupa, coinciden en señalar que el orador necesita un conjunto de condiciones, a saber: fí­sicas, intelectuales y morales.

Las fí­sicas comprenden la presencia, la voz y la acción. El orador cuando su presencia es noble y majestuosa, puede decirse que conquista el respeto y la simpatí­a del auditorio desde que sube a la tribuna, pero esta condición no es absolutamente indispensable, pues la elocuencia atrae la atención de los oyentes en tal forma que, al poco momento de hablar, ya nadie repara en los defectos fí­sicos. Todo depende en definitiva, de cómo compensen los defectos corporales una inteligencia superior, una sensibilidad conmovedora o un verbo imponente; tal afirma el autor Carlos Alberto Laporte. De nada sirve una buena figura o presencia si se habla sin emoción, sin sentimiento y sin estar convencido de lo que se dice, pues difí­cilmente podrá convencer, sólo informar.

Precisamente, en este punto, Rafael Pantoja opina en su interesante texto titulado Diez consejos para hablar en público que cuando nos paramos frente a un auditorio, sea éste grande o pequeño, todo lo que hagamos tendrá un significado especial para el público. No solamente lo que articulamos con los labios, sino también lo que transmitimos con el lenguaje de nuestro cuerpo. Si hablamos con las dos manos metidas entre las bolsas del pantalón, estamos manifestando algo; si cruzamos los brazos frente al pecho, estamos indicando algo; si nos frotamos ambas manos estamos diciendo algo. Los gestos que hacemos tienen significado. Pero, una forma de demostrar seguridad y aplomo en la tribuna es evitar movimientos innecesarios que distraigan al auditorio y derive esa actitud hacia lo que hace y no hacia lo que dice el orador.

Con relación a la postura de las damas, se adoptan las mismas indicaciones, exceptuando la separación de los pies. Estos deben mantenerse a menor distancia, sin sacrificar comodidad sin afear la figura. Jamás esconda los brazos; no los cruce al frente; no guarde las manos en los bolsillos ni las entrelace al frente; no las apoye sobre la mesa o la silla. Muestre en la tribuna seguridad y aplomo. La voz debe ser de timbre agradable, vigorosa en su amplitud y la acción o actuación integrada con el gesto deben estar acordes con el pensamiento.

En relación a las cualidades intelectuales del orador, que precisan: inteligencia, sensibilidad, imaginación y memoria en igual grado deben prevalecer en cualquier actividad profesional.

Continúa.