Prólogo abstencionista. Luego de un extenso análisis crítico de nuestra realidad social inmediata y del debido consenso entre ciudadanos de diversa condición, llegamos a la original, genial y brillante conclusión (provisional) de que si queremos ser consecuentes se llegó la hora de formar una especie de partido político o de comité cívico con una clara y precisa vocación abstencionista, es decir, cuya doctrina, programa, organización disciplinaria y mística estén fundamentados en el abstencionismo tanto activo como pasivo (o sea teórico). Obviamente, no haríamos propaganda ni proselitismo, pues ello sería contradictorio, una aberración. ¿Qué caso tendría ganar prosélitos para nuestra causa en un país abstencionista por excelencia, donde cada ciudadano es un potencial activista -valga el término nuestro, donde abstenerse de mucho es parte de nuestra idiosincrasia?
Los elementos doctrinarios/programáticos del abstencionismo institucionalizado harían de nosotros una organización heterodoxa, no tradicional, no electorera (por definición), no politiquera, no oportunista, no arribista, no transera, no negociadora, no huesera, no apóstata, no agencia de empleos y de becas casi vitalicias.
Precisamente nuestra heterodoxia nos vedaría, por íntima convicción, cualquier acceso al poder. ¿Un grupo político, entonces? Sí, o mejor un movimiento, pero desestimador y ajeno a toda forma tendente a alcanzar el poder, cualquier tipo de poder político, o sea ejercer cualquiera de los tres poderes del Estado. Los abstencionistas cultivamos una especie de celibato, de ascetismo político, pero activos en el pensamiento crítico y el debate, el revisionismo y el espíritu contestatario.
Nuestra organización y estructura no podría ser más elemental, simple y democrática: sólo bases, sólo ciudadanos rasos, sin jerarquías, sin líderes, sin fundadores (¿quién podría adjudicarse una aptitud y una actitud multitudinarias que vienen de tan lejos?), sin secretario general, sin comité ejecutivo, sin comisiones políticas, sin convención general alguna. Todo ello nos garantizaría disciplina y solvencia moral mantenidas. Nada de protagonismos, celos, rivalidades. Pero sí mucha discusión, revisión doctrinaria, abundante crecimiento dentro de nuestra heterodoxia fundamental.
Como parte de nuestro programa sería primordial el examen diario -individual y colectivo- de la realidad social, política, económica y cultural del país de la eterna, lo cual sin duda nos daría motivos y argumentos sólidos para abstenernos cada cuatro años de acudir a las urnas electoreras, pues la cosa va para largo.
Por supuesto, estamos conscientes de que al no ser potenciales rivales de ninguna tendencia o partido tradicional, algún grupo o sector podría tratar de aprovecharse y sentirse tentado a apoyarnos, digamos, o a intentar manipularnos en determinadas circunstancias y para ciertos inconfesables fines, como por ejemplo aquellas organizaciones que han hecho lo imposible por reducir el Estado a su mínima expresión, o que han mediatizado los movimientos populares. Pero debe entenderse de una vez que el abstencionismo no es de ninguna manera una actitud pasiva, contemplativa, tolerante y resignada a lo pésimo, sino todo lo contrario. Tampoco es un fin en sí mismo sino un medio, una forma transitoria de resistencia pacífica ante el envilecimiento, la farsa, la mediocridad, el manipuleo, el escamoteo, el robo, la alienación políticos. En fin, este es sólo un esbozo para la institución y constitución de lo hoy todavía disperso y desorganizado, pero fuerte, enorme, multitudinario. Por cierto, ¿y qué nombre le pondremos? ¿Movimiento, Frente, Alianza…?
**
Flores para Vanesa. Un amigo mío -que no soy yo- me hacía la observación de que la locutora del noticiario Guatevisión, emisión de las seis de la tarde, Vanesa Meléndez, se desempeña con mucho profesionalismo y seriedad, de pulcra y agradable presencia, pero que hasta ahora -añade este mi cuate- no ha sabido de nadie que le eche alguna flor a ella, a Vanesa, que se las merece, y entonces me sugiero que fuese yo quien, por este medio, le dedicara unas pocas frases floridas, pero sucede que para eso de echar flores, por merecidas que sean, más bien soy reacio, algo en mí se resiste, no logro expresar dos palabras placenteras, así con dedicatoria especial, como buen chapín.