R E A L I D A R I O (DLVII)


Prólogo abstencionista. Luego de un extenso análisis crí­tico de nuestra realidad social inmediata y del debido consenso entre ciudadanos de diversa condición, llegamos a la original, genial y brillante conclusión (provisional) de que si queremos ser consecuentes se llegó la hora de formar una especie de partido polí­tico o de comité cí­vico con una clara y precisa vocación abstencionista, es decir, cuya doctrina, programa, organización disciplinaria y mí­stica estén fundamentados en el abstencionismo tanto activo como pasivo (o sea teórico). Obviamente, no harí­amos propaganda ni proselitismo, pues ello serí­a contradictorio, una aberración. ¿Qué caso tendrí­a ganar prosélitos para nuestra causa en un paí­s abstencionista por excelencia, donde cada ciudadano es un potencial activista -valga el término nuestro, donde abstenerse de mucho es parte de nuestra idiosincrasia?

René Leiva

Los elementos doctrinarios/programáticos del abstencionismo institucionalizado harí­an de nosotros una organización heterodoxa, no tradicional, no electorera (por definición), no politiquera, no oportunista, no arribista, no transera, no negociadora, no huesera, no apóstata, no agencia de empleos y de becas casi vitalicias.

Precisamente nuestra heterodoxia nos vedarí­a, por í­ntima convicción, cualquier acceso al poder. ¿Un grupo polí­tico, entonces? Sí­, o mejor un movimiento, pero desestimador y ajeno a toda forma tendente a alcanzar el poder, cualquier tipo de poder polí­tico, o sea ejercer cualquiera de los tres poderes del Estado. Los abstencionistas cultivamos una especie de celibato, de ascetismo polí­tico, pero activos en el pensamiento crí­tico y el debate, el revisionismo y el espí­ritu contestatario.

Nuestra organización y estructura no podrí­a ser más elemental, simple y democrática: sólo bases, sólo ciudadanos rasos, sin jerarquí­as, sin lí­deres, sin fundadores (¿quién podrí­a adjudicarse una aptitud y una actitud multitudinarias que vienen de tan lejos?), sin secretario general, sin comité ejecutivo, sin comisiones polí­ticas, sin convención general alguna. Todo ello nos garantizarí­a disciplina y solvencia moral mantenidas. Nada de protagonismos, celos, rivalidades. Pero sí­ mucha discusión, revisión doctrinaria, abundante crecimiento dentro de nuestra heterodoxia fundamental.

Como parte de nuestro programa serí­a primordial el examen diario -individual y colectivo- de la realidad social, polí­tica, económica y cultural del paí­s de la eterna, lo cual sin duda nos darí­a motivos y argumentos sólidos para abstenernos cada cuatro años de acudir a las urnas electoreras, pues la cosa va para largo.

Por supuesto, estamos conscientes de que al no ser potenciales rivales de ninguna tendencia o partido tradicional, algún grupo o sector podrí­a tratar de aprovecharse y sentirse tentado a apoyarnos, digamos, o a intentar manipularnos en determinadas circunstancias y para ciertos inconfesables fines, como por ejemplo aquellas organizaciones que han hecho lo imposible por reducir el Estado a su mí­nima expresión, o que han mediatizado los movimientos populares. Pero debe entenderse de una vez que el abstencionismo no es de ninguna manera una actitud pasiva, contemplativa, tolerante y resignada a lo pésimo, sino todo lo contrario. Tampoco es un fin en sí­ mismo sino un medio, una forma transitoria de resistencia pací­fica ante el envilecimiento, la farsa, la mediocridad, el manipuleo, el escamoteo, el robo, la alienación polí­ticos. En fin, este es sólo un esbozo para la institución y constitución de lo hoy todaví­a disperso y desorganizado, pero fuerte, enorme, multitudinario. Por cierto, ¿y qué nombre le pondremos? ¿Movimiento, Frente, Alianza…?

**

Flores para Vanesa. Un amigo mí­o -que no soy yo- me hací­a la observación de que la locutora del noticiario Guatevisión, emisión de las seis de la tarde, Vanesa Meléndez, se desempeña con mucho profesionalismo y seriedad, de pulcra y agradable presencia, pero que hasta ahora -añade este mi cuate- no ha sabido de nadie que le eche alguna flor a ella, a Vanesa, que se las merece, y entonces me sugiero que fuese yo quien, por este medio, le dedicara unas pocas frases floridas, pero sucede que para eso de echar flores, por merecidas que sean, más bien soy reacio, algo en mí­ se resiste, no logro expresar dos palabras placenteras, así­ con dedicatoria especial, como buen chapí­n.