Queremos tanto a Julio


El 12 de febrero se cumplen veintitrés años de la muerte de Julio Cortázar. Trato de imaginar la animada conversación entre dos jóvenes profesoras, Marí­a Eugenia Muñoz y Elizabeth de Gereda, luego de conocer su muerte. El mismo dí­a, Marco Antonio Barahona me esperaba en el edificio de El Gráfico para proponerme la preparación de un número especial del suplemento La Razón Literaria.

Marco Vinicio Mejí­a

La escritura caleidoscópica de Cortázar no nos ha abandonado. Sus reflejos resplandecientes siempre han estado en los mejores momentos, como en la ceremonia en el Teatro de Cámara cuando entregamos el Premio Nacional de Literatura a Enrique Juárez Toledo, quien en lugar de leer un discurso prefirió poner a prueba su memoria con un pasaje de Rayuela. El tiempo es inexorable, pero la última hora aguarda en ámbar, como sueño que palpita ante hechos y cosas a punto de transmutarse en algo que apenas podemos vislumbrar.

Cortázar escuchaba la terquedad del silencio, enfrascado en una travesí­a que no concluyó con él, que vuelve a emprenderse con cada lectura, pues las efemérides mayores también tienen sus misterios. Veintitrés años, como si nada. Los números no escapan a la cabalí­stica de los extremos que Julio trató de imbricar en la simultaneidad, con la muerte infiltrándose en la vida para volverla más viva. Su geometrí­a no es de lógica euclidiana sino geometrí­a del secreto, compuesta por sí­mbolos móviles y cambiantes.

Autor de un libro espléndido sobre el poeta inglés Keats, fue el gran narrador de cuentos como «El perseguidor» y «Las puertas del cielo», novelista que conmocionó con Rayuela, ensayista lúcido e incendiario, a la vez, de íšltimo Round y La vuelta al dí­a en ochenta mundos, poeta extraviado que todaví­a aguarda una relectura. Ahora lo recuerdo como el hermano mayor que abrí­a caminos, compartí­a lecturas y revelaciones, el preservador de la infancia y señor atento a los destinos borrascosos de la historia latinoamericana. Siento su fraternidad ausente, como él la tuvo con Che Guevara: «Yo tuve un hermano. / No nos vimos nunca / pero no importaba. / Lo quise a mi modo, / le tomé su voz / libre como el agua, / caminé de a ratos / cerca de su sombra. / No nos vimos nunca / pero no importaba, / mi hermano despierto / mientras yo dormí­a, / mi hermano mostrándome / detrás de la noche / su estrella elegida.»

Julio nunca se traicionó a sí­ mismo. Un solitario, utopista crí­tico y memorable maestro; un permanente vigí­a de lo desconocido, y escritor imprescindible en el mapa de la literatura latinoamericana.