Todo el ambiente callejero de la capital y de todas o de casi todas las demás ciudades del país, da la idea de que está haciendo falta una obra social de profundidad, de carácter integral, de parte de las respectivas instituciones y dependencias del Estado.
Hay mucha, pero mucha tela qué cortar en tal sentido. Puede decirse que campea todo un drama social consecutivo a la pobreza, al hambre y a la miseria que afectan a muchos mortales: hombres, mujeres y niños.
Se requiere de gran sensibilidad humana, muy de humanos -recalcamos- para tratar los problemas de grandes sectores de la sociedad que rumian las amarguras de la indigencia y sufren los azotes de las enfermedades sin mayores esperanzas de adecuada solución.
En las calles de los ambientes urbanos y rurales hay ancianos y aun jóvenes y niños que imploran la caridad pública por carecer de los recursos necesarios para subsistir. Algunos se arrastran como los batracios por ser discapacitados (no tienen piernas o las tienen mal). A otros les hacen falta brazos o sufren graves consecuencias por las enfermedades que padecen. También deambulan muchos ciegos y retrasados mentales como las aves sin nido. Es patético el panorama social.
En el inflado aparato burocrático hay instituciones y dependencias que fueron creadas para afrontar los ingentes y urgentes problemas que afectan a la sociedad, sobre todo a la sociedad desvalida, pero esos entes oficiales sólo realizan labores que no se apartan de lo rutinario. Quienes los manejan pretenderán que se acerquen a ellos los ancianos, los inválidos, los enfermos y demás personas cuya vida transcurre en la miseria, en vez de movilizarse también en la vía pública para ver qué «novedades» hay, por lo cual jamás podrán enterarse de las condiciones de toda la gente del pueblo, del empobrecido pueblo. Deben abandonar los escritorios, los cuadriláteros burocráticos, para atender a la pobre gente como Dios manda.
Los trabajadores y las trabajadoras sociales no siempre cumplen el deber y la obligación para cerciorarse de las situaciones desastrosas imperantes en el seno de la sociedad respecto de sus respectivos radios de acción, por lo que es imposible estar en pleno dominio de situaciones penosas de todo género que afectan a miles y miles de guatemaltecos.
Es menester un cambio de acción de parte del Estado a través de sus instituciones y dependencias de servicio social. La Constitución Política de la República estatuye claramente que el Estado ejerce, debe o debería ejercer una función tutelar en beneficio de todos los guatemaltecos por parejo, sin los pecados de la discriminación, pero la realidad nos dice con lenguaje llano que el trabajo estatal está fallando en lo que hace a los relegados seres humanos de referencia.
A este régimen de gobierno ya le va quedando muy poco tiempo para corregir el rumbo. Sin embargo, todavía puede hacer algo, aunque sea algo efectivo, positivo, honrando al humanismo, en bien de un considerable sector del pueblo que está urgido de la atención del achacoso papá Estado. Hasta hoy no se ha hecho más que poner una especie de parches porosos en el cuerpo enfermo y necesitado de tantos connacionales que viven o medio viven en situación de infortunio hasta que la muerte -que dicho sea de paso es la liberación de la vida- los sorprende y se «apiada» de ellos con su fatídica guadaña…
Aunque sean paliativos merece un apreciable segmento social desastrado al que la gente que ha estado en los puentes de mando en todos los tiempos, con rarísimas excepciones, ha abandonado a su suerte sin preocuparse de sus eternos males.
La democracia, entendida en la quintaesencia de sus valores, debe brindar sus bondades aquí y en todas partes del mundo. Infortunadamente, ese sistema digno de la humanidad toda, presenta varios rostros, al menos en los países tercermundistas: unos amables y otros no muy amables que se diga…
Quienes por las buenas o por las malas se hacen del poder deben honrar con sus actuaciones al mencionado sistema político-ideológico para no malograrlo; para no deformarlo y colocarlo en niveles no muy por encima de las dictaduras unipersonales y colectivas que los sayones y sus paniaguados, recurriendo a la verborrea con rachas de falacia, de ventradas demagógicas, se atreven a engañar a los incautos, incluidos los tontainas, al vociferar que van a horcajadas de la verdadera democracia… ¡Farsantes émulos de Adolfo Hitler y de Iósiv Stalin, dos hienas que, disputándose el campeonato, masacraron, cada uno, decenas de millones de adversarios reales o supuestos!