El negocio de importación de vehículos en Guatemala estuvo durante muchos años representado por un puñado de agencias que atendían la demanda nacional y posiblemente las más antiguas y reconocidas hayan sido Cofiño Sthal, representando varias marcas de General Motors, Fisher distribuyendo vehículos Ford, M.A. Nicol que tuvo durante varios años la exclusiva de los vehículos Chrysler y Cidea con casi todo el resto de las marcas de General Motors y especialmente con Chevrolet, todo ello antes de la irrupción en el mercado de los autos japoneses.
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Cuando éstos llegaron, Cofiño Sthal y Cidea se hicieron con las dos marcas más competitivas de entonces, siendo éstas Toyota y Datsun, ahora conocida como Nissan Motors, llegando a convertirse en prácticamente dominadores del mercado debido a esa combinación representada por los gigantes de Estados Unidos y la atractiva oferta japonesa. Con el correr del tiempo, tanto M.A. Nicol como Fisher salieron de la actividad importadora de vehículos, quedando afianzadas Cofiño Sthal y Cidea como las más antiguas empresas en la actividad, atendiendo a miles de clientes.
Hace algunos años, Julio Lowenthal vendió su mayoritaria participación en Cidea y la misma pasó a manos de Jorge Ibarra, quien en sociedad con Enrique Lowenthal se hizo cargo de la antañona y prestigiosa Compañía Importadora de Automóviles. Hoy, como corolario de la quiebra del Banco de Comercio, se ha sabido que Cofiño Sthal se tuvo que hacer cargo de las operaciones de Cidea en lo que a los automóviles de General Motors se refiere, poniendo punto final a todo un capítulo de la historia del país porque desde 1948 hasta nuestros días, fuimos muchos los clientes de Cidea.
Yo compré mi primer carro nuevo en 1971 y era un Datsun adquirido en esa importadora de automóviles. Eran aquellos días en los que un auto de estreno andaba por los tres mil ochocientos quetzales y ese carro, que llegó a ser el que usó mi hijo mayor cuando entró a la Universidad, recibió siempre sus servicios en el taller de Cidea donde lo mantuvieron a lo largo de los veintitrés años que estuvo en mi poder.
Cuando uno ve que una institución comercial como la Compañía Importadora de Automóviles cesa sus operaciones tras casi sesenta años de servir a numerosa clientela, es natural que se sienta nostalgia y me imagino los sentimientos que ahora embargan a mi amigo Julio Lowenthal porque aunque hacía varios años que había vendido su participación, Cidea forma parte esencial de su vida. Y en estos días he pensado mucho en Julio y su familia, especialmente porque hemos tenido que informar de los problemas del Banco de Comercio y de manera muy concreta sobre la situación de su hijo Enrique. Como padre de familia asumo lo duro que debe ser esa situación para quienes han logrado cimentar un nombre y un prestigio y de la noche a la mañana se ven envueltos en un escándalo absolutamente público.
Es difícil encontrar palabras para mostrar la solidaridad con los amigos en circunstancias como éstas, pero el cierre de operaciones de Cidea me da la oportunidad de renovar las muestras de amistad con Julio y su familia. Aparte de haber sido un cliente satisfecho durante muchos años, siento pena por el cese de operaciones de una empresa que llegó a ser una institución dentro del mercado automovilístico del país en el que ahora queda en solitario Cofiño Sthal como símbolo de esa audacia y visión empresarial de hace varias décadas.