El negocio de las sectas


Esta semana, Benedicto XVI subrayó la necesidad urgente de una nueva evangelización en nuestros paí­ses, al recibir a los 40 miembros de la Comisión Pontificia para América Latina. El 13 de mayo, el pontí­fice romano abrirá la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida, Brasil. Desde la primera conferencia, realizada en Rí­o de Janeiro (1955), se han dado muchos cambios en el continente, especialmente en la configuración de la población, que antes era predominantemente católica.

Marco Vinicio Mejí­a

El martes último, el cardenal hondureño í“scar Rodrí­guez Maradiaga sostuvo que «las sectas son un desafí­o para la Iglesia en América latina. No son sólo un problema religioso sino también económico y polí­tico». Los nuevos grupos religiosos que surgen en Centroamérica «ya no son sectas, sino negocios».

En 1998, Ricardo Bendaña Perdomo publicó «La Iglesia en Guatemala», obra en que aborda el desafí­o de las sectas como un reto cultural y no sólo de tipo religioso. No se refiere a las iglesias históricas o misiones, entre las cuales hay algunas realmente ejemplares. Las sectas son el resultado de la ideologización de la religión. No constituyen una ideologí­a en sí­, sino una forma de legitimar el sistema capitalista, o sea, las sectas son un producto del capitalismo y, éste, resultado del liberalismo. El neoliberalismo es una corriente de pensamiento provocada por la desilusión ante el liberalismo contemporáneo y no necesita una religión, pues él mismo se ha constituido en una religión del sistema o en una «religión del mercado». El capitalismo recurre a la religión para convertirla en un remedio que permita paliar las contradicciones culturales del sistema. La crisis de ese sistema es cultural y ésta, a su vez, es una crisis espiritual.

Ante una sociedad al borde de la desesperación, una Nueva Iglesia, consciente de las penumbras y los destellos de su pasado, es una opción válida. Se trata de rebasar el cristianismo ritual, reducido a cumplir actos rutinarios de sensibilidad religiosa, expresado en formas externas de individualismos paralizados y paralizantes y carente de la fuerza evangelizadora de la denuncia. La injusticia y la deshumanización no son ajenos a la sensibilidad religiosa, pero requieren algo más que golpes en el pecho.

Hasta dónde se ha constituido esta Nueva Iglesia no lo podemos establecer si medimos los cambios en tiempos humanos y no en tiempos históricos. Durante diecinueve siglos, la Iglesia no se preocupó por la condición humana amenazada y en poco tiempo ha querido adaptarse en forma acelerada al vértigo social. De manera más lenta, las iglesias locales han caí­do en la cuenta que, si quieren ser una opción auténtica, deben apostar por los pobres, de cuerpo, de espí­ritu o de ambas carencias. Preferir a los pobres en el Evangelio, no significa que esté destinado sólo a ellos, excluyéndose a quienes no lo son.