El pasado miércoles se cumplió la presentación del Informe Circunstanciado del Procurador de los Derechos Humanos. Como apunta en la presentación del mismo el Dr. Morales, el desempeño de esta importante institución se desenvuelve entre la incomprensión, la indiferencia y muchas tergiversaciones. La Procuraduría de los Derechos Humanos, PDH, fue constituida en el marco del rompimiento de una cultura de prepotencia y de un terrorismo del Estado llevado a niveles desproporcionados.
La observancia del respeto y vigencia de los derechos fundamentales de todos los habitantes del país corresponde al Estado y la entidad responsable de advertir que tal función es incumplida es la PDH. Pues cuando se trata de abusos entre particulares, la materia es de tipo penal o civil. í‰ste es uno de los principales aspectos de incomprensión y que ha generado múltiples tergiversaciones al demandar -quienes discrepan del desempeño del Procurador de los Derechos Humanos- sendos pronunciamientos de él contra, por ejemplo, los abusos de los mareros en muchas zonas urbanas de la ciudad y de otros municipios. La incomprensión se extiende hasta la ignorancia abusiva de quienes fomentan la confusión entre los papeles de las instituciones del Estado.
Estas páginas, como la de otros medios escritos, son el testimonio de la incomprensión y tergiversación apuntada al cobijar comentarios en el sentido de requerimientos absurdos y cuestionamientos inapropiados contra las resoluciones del PDH. Pero a diferencia de otros medios, estas páginas también guardan evidencias de acertadas notas y atinados respaldos respecto del desempeño de la PDH. Aquí la Tribuna siendo verdaderamente libre, permite tales apostillas.
La atmósfera del miércoles y la de las últimas semanas ha girado alrededor de las anomias, por decir elegantemente la complicidad del Superintendente de Bancos y de su personal, respecto de los atropellos y estafas de las entidades bancarias, financieras y de inversión contra los depositantes e inversionistas que han sido defraudados en el último cuatrimestre. De tal suerte que los señalamientos de otras evidencias de la inoperancia de esta caricatura de Estado que develó el señor PDH, pasó, como muchas cosas importantes en el Congreso y en nuestra sociedad, inadvertido.
La predominancia de esta absurda «cultura de violencia» en la que nos desenvolvemos los guatemaltecos es alarmante. Pero más alarmante aún es la frialdad con la que nos «acostumbramos» a tales manifestaciones de salvajismo. De pronto al dimensionar adecuadamente el actuar del PDH y sus resoluciones de conciencia, si las entendemos como tales, quizás se apunte a un despertar de nuestra conciencia colectiva y demandemos los correctivos en donde corresponde. Así y solo así, será posible el rescate de la credibilidad institucional y el adecuado cumplimiento de las funciones de todas las entidades del Estado y entonces como indica el Dr. Morales podamos «hacer de este país uno en el que la justicia no sea una quimera, la equidad un imposible y el respeto a los derechos humanos una tarea siempre pendiente.»