Hoy, se cumplen 13 años de los asesinatos de mi esposa María Eugenia Muñoz y mi hija María Alejandra. El domingo 23 de enero de 1994, fueron ultimadas por la cultura del machismo. En el medio rural guatemalteco impera el atraso y el caciquismo, la violencia y la superstición, como expresiones consustanciales de la miseria moral, más que de la pobreza material. Allí, ella desafió el ambiente hecho a imagen y realidad de los hombres, en el cual la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos.
En esta sociedad patriarcal, subdesarrollada, desigual y marginadora, en la que la mujer es objeto de diversas formas de violencia, a ambas les tocó sufrir la más cruel e injusta. Castigar esos crímenes inútiles no ha sido únicamente una lucha contra la impunidad. Resultó una contienda con el machismo. El propio sistema jurídico es una pieza maestra de la opresión contra la mujer, controlado con rígida lógica masculina. Luego de dos prolongados juicios, logramos que el cabecilla de los criminales fuera condenado a 30 años de prisión. Dos de los victimarios murieron en su propia ley.
Sin resignarse ni lamentarse por su condición de mujer, María Eugenia se atrevió a ser dueña y señora de una hacienda cuyo dominio le fue transmitido por su padre, quien, durante casi 40 años, la excluyó de tareas que consideraba reservadas con exclusividad para los varones. Las devoradoras de hombres en el campo, sólo han sido imaginadas en las novelas. María Eugenia se puso a dirigir su finca, sabedora que eso la distinguía dentro de la irracional división sexual del trabajo.
La irracionalidad de estas muertes está asociada a la estupidez del machismo. La idiotez, crueldad e ignorancia de los asesinos fueron alimentadas por esa exaltación de la violencia como medio inmediato y fácil para dirimir cualquier diferencia, en menoscabo de la constitución, la personalidad y la esencia femenina. La violencia de quienes ultimaron a María Eugenia y María Alejandra fue producto de la inseguridad que éstos tienen en su propia masculinidad. Para esos homúnculos, es más macho quien más hace sufrir a las mujeres y quien no se deja mandar por ellas.
A 13 años de la tragedia, no sólo advierto una manera de morir sino una apostura de vivir. María Eugenia Muñoz era una mujer siempre dispuesta a transformar el lenguaje. Como advierte Luce Irigaray, el lenguaje no es neutro sino sexuado. A la mujer le fabricaron la mudez. La sociedad prefiere su silencio y trata con recelo a las que hablan bien. Hablar bien no es retorcerse verbalmente ni vigilar normas. Es decir lo preciso, para impedir la imposición de la mentira. El silencio parece algo propio de las mujeres y Marguerite Duras lo adjudica, «pues desde la noche de los siglos las han privado de la palabra». Gracias a María Eugenia, muchos aprendimos que la reconquista del lenguaje logrará derrotar la noche guatemalteca.