Ahora qué fácil es decir «hay que aprender de los errores»


Con mucha tristeza y decepción los guatemaltecos hemos apreciado que aquello de escoger colaboradores para ocupar cargos públicos atendiendo únicamente a su capacidad y experiencia pasó a segundo plano. Priva el amiguismo, compadrazgo, contubernio o conveniencia polí­tica, olvidándose que lo que devenga el privilegiado (que por cierto supera los quince meses de a sesenta mil quetzales cada uno) sale de los bolsillos de los contribuyentes y no de la bolsa de quien lo nombra o de la institución de que se trate.

Francisco Cáceres Barrios

El Estado no produce nada. Tampoco sus entidades autónomas o descentralizadas. Si en lo particular a alguien se le ocurre nombrar por capricho, personal conveniencia o porque así­ le da la gana al presidente, gerente o superintendente de su fábrica, pues será su problema las consecuencias que se deriven de su chambonerí­a o incapacidad, pero que eso mismo se haga con funcionarios a cargo de determinar la polí­tica monetaria, cambiaria y crediticia del paí­s y velar por al liquidez y solvencia del sistema bancario nacional, asegurando el fortalecimiento del ahorro nacional, me parece cosa muy distinta.

Por otro lado, ¿qué dicta la Constitución al respecto de las funciones de la Superintendencia de Bancos?, ¿no es la que debe ejercer vigilancia e inspección de bancos, de instituciones de crédito, empresas financieras, entidades afianzadoras, de seguros y las demás que la ley disponga?

No hay necesidad de pormenorizar detalles para decir que en los dos últimos bancos intervenidos en Guatemala se encontraron movidas chuecas para sorprender a los incautos depositantes o ahorrantes; que se extendieron documentos con nombres de instituciones distintas al banco o que, utilizando su identificación, el tí­tulo no significaba lo mismo que engañosamente se le estaba prometiendo al cliente. ¿Toda esta monstruosidad, durante mucho tiempo estuvo pasando inadvertida por nuestras autoridades y a buena hora vienen a decir impune y tranquilamente «hay que aprender de los errores»?

La primera respuesta que salió de mí­ al escuchar lo anterior fue decir ¡ve que deal pelo!, como después me provocó hacer la siguiente pregunta ¿todo se va a volver a quedar tan tranquilo, como si no hubiera servido para crear tamaña desconfianza, pérdida de credibilidad y falta de certeza en el paí­s? Estimado lector, ¿habrá hecho usted números de cuánto nos cuesta a los contribuyentes mantener la Junta Monetaria y la Superintendencia de Bancos? y… ¿para qué? Pasó lo que ya todos sabemos, ¿para después de las cansadas decidir que se aumente el monto del Fopa o se pague un seguro obligatorio?; ¿de dónde va a salir ese dinero, no del mismo cuero salen las correas?