«América para los?» (III)


Es ingrato que la población actual de los Estados Unidos, descendientes de inmigrantes, se olviden que si no fuera por la polí­tica que rigió en ese paí­s, sus familias podrí­an haber perecido en los paí­ses de donde se originaron. De mi vivencia personal, cuando de los 13 a los 15 años (1953-1954) estudié en Birmingham, Alabama, puedo decir que la mayorí­a de mis compañeros tení­an uno o dos abuelos inmigrantes, que incluso, estas personas hablaban inglés precariamente.

Juan Francisco Reyes López
jfrlguate@yahoo.com

Con una preclara concepción de las consecuencias económicas y sociales derivadas de la segunda guerra mundial, los presidentes Franklin Delano Roosevelt y Harry Truman concibieron y desarrollaron el Plan Marshall que le permitió a Alemania, Francia, Italia, etc., recuperar su base económica y social, después de esa guerra; hecho, en parte equivalente, a lo que significan las oportunidades de trabajo permanente o temporal para la mayorí­a de los paí­ses de Latinoamérica, que con las remesas obtienen un ingreso superior a cualquiera de sus productos de exportación tradicional o no tradicional.

Los diputados, senadores y polí­ticos norteamericanos, tanto demócratas como republicanos, saben que la próxima y siguientes elecciones pueden ser determinadas por el voto de los hoy ciudadanos de origen latinoamericano. Son la minorí­a de mayor crecimiento en ese paí­s.

¿Qué familia en Guatemala puede decir que no tiene parientes que no sean ciudadanos o residentes que se convertirán ellos o sus hijos en el presente y en el futuro en votantes? En lo particular, y no soy la excepción, tengo más de 30 miembros de mi familia, por afinidad y consanguinidad, que son ciudadanos norteamericanos: hermanos, sobrinos, tí­os, etc.

Imaginémonos lo que podrí­a significar que todos y cada uno de nosotros en Latinoamérica le pidiésemos a esos parientes que voten en la próxima elección norteamericana respaldando a aquellos congresistas, senadores, candidatos y a aquel partido que haya respondido al concepto de «América para los Americanos» porque «dan darán dicen las campanas» y «amor con amor se paga.»

A diferencia de lo que sucede en nuestras precarias y deficientes democracias, un diputado, un senador sabe en los Estados Unidos que su voto, en cada uno de los temas e iniciativas donde lo ejerce, queda registrado. Serí­a perfectamente lí­cito que las familias, especialmente las que reciben las remesas familiares, insistieran con sus parientes que legalmente residen o son ciudadanos norteamericanos, votaran por quien establezca una polí­tica de regularización y de legalización de los residentes temporales e irregulares en los Estados Unidos. El votar es un derecho, una obligación cí­vica que en el caso particular de los latinoamericanos se convierte en una urgente necesidad para que así­ el peso de su opinión se refleje en mejores oportunidades de trabajo, en mejores condiciones de vida para ellos y en mejores posibilidades de remesas y ayudas para sus familiares.

El partido demócrata sabe que la población de origen latinoamericano es un gran elector adormecido que le puede ser favorable. La señora Hillary Clinton y los otros posibles candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, pueden iniciar desde ya una campaña de nacionalización de los latinoamericanos residentes, de la inscripción como votantes de quienes ya son ciudadanos y de cierta manera revivir un movimiento como el de Selma, Alabama, con uno o varios lí­deres o dirigentes como Martí­n Luther King, sólo que con nombre y piel cobriza, con sonido a mariachis, salsa y marimba.

La organización social de quienes radican en todos los estados de la Unión Norteamericana, de origen latinoamericano, crece dí­a a dí­a. El factor que más los puede unificar es la necesidad. Cada deportado deja una esposa, hijos, amigos y compañeros que con muy poco estí­mulo reaccionarán.

Continuará