Tienen muchos cómplices



Esta vez los diputados no están solos, puesto que cuentan con abundantes cómplices para garantizarse la indemnización. Cierto que los más importantes pueden ser los magistrados de la Corte de Constitucionalidad, como ya lo demostraron en el pasado, pero también lo son los magistrados de las Salas de Apelaciones y los de la Corte Suprema de Justicia, el Procurador General de la Nación, el Jefe del Ministerio Público, el Contralor de Cuentas, los ministros de Estado y hasta el Presidente y Vicepresidente que tienen idéntico derecho que los nombrados para reclamar una indemnización, no digamos el Presidente del Banco de Guatemala que además goza de pensión vitalicia.

Y cuando cambió la Corte Suprema de Justicia la última vez, gran parte de la prensa que mantení­a una estrecha relación con el magistrado Quesada Fernández, calló ante el descaro que tuvo éste profesional y sus colegas para recetarse la indemnización. También esa prensa que apañó aquel trinquete (idéntico al de los diputados de hoy) debe considerarse cómplice.

Pero la mayor complicidad de todas es la que muestra al final de cuentas el ciudadano que hoy está indignado, pero que el lunes hará como siempre hacemos los chapines: «A otra cosa, mariposa», olvidando por completo que se han adueñado inmoralmente de dinero que es de todos los guatemaltecos y tras el desahogo de, si acaso, mentar la madre a los descarados, volvemos a la normalidad y a seguir con la rutina diaria, como si nada hubiera pasado. Siempre hemos dicho que los polí­ticos guatemaltecos le tienen tomada la medida al ciudadano de este paí­s y que si tienen el cuero suficiente para aguantar una retopada de un par de dí­as, pueden hacer micos y pericos porque a la larga la población nunca reacciona, nunca se indigna lo suficiente como para actuar para poner coto a los desmanes.

Y mientras sigamos siendo pura llamarada de tusa para alegar por unas horas o acaso un par de dí­as, pero dispuestos a olvidar y darle vuelta a la página con tanta rapidez, no esperemos que los diputados teman a la reacción ciudadana que ya saben será realmente pasajera.

No hay sindicatos ni organizaciones de la sociedad civil que se manifiesten. Nadie, ni un llanero solitario, hace un plantón en el Congreso exigiendo el cese de la desvergí¼enza, mucho menos acciones más categóricas para ejercer presión. Y es tan obvia nuestra sangre de horchata, que hasta los diputados que no tienen tantas luces se han percatado de ello y se aprovechan de un pueblo que no es capaz de marcar un alto a la picardí­a. Ante ese panorama, que con su pan se lo coman.