Cien dí­as sin gobierno


Celebración. Gerolf Annemans (I) y Filip Dewinter (D), miembros de la derecha belga,

Bélgica llegó el martes a su centésimo dí­a sin gobierno tras las elecciones de junio, una crisis polí­tica que no impide al paí­s continuar funcionando, pero que agranda cada vez más la brecha entre los valones del sur y los flamencos del norte.


Según un sondeo publicado por el gran diario en lengua flamenca Het Laatste Nieuws al cumplirse más de tres meses de crisis, el 46,1% de los flamencos quiere que Bélgica se divida, el 49,6% «no» y el 4,3% no emite opinión.

El sondeo reveló que el 65,6% de los flamencos piensa que Bélgica se dividirá «tarde o temprano», contra el 29,9% que cree lo contrario y un 4,5% que prefiere no opinar sobre el tema.

En efecto, las elecciones legislativas del pasado 10 de junio revelaron la existencia de una grieta más profunda de lo pensado entre las dos grandes comunidades lingí¼isticas de Bélgica.

Los flamencos (el 60% de los 10,5 millones de belgas) apoyaron durante los comicios a los partidos que impulsan un sistema federal muy descentralizado, en el que Flandes tenga libertad, entre otras cosas, para administrar su economí­a.

De su lado, los belgas de lengua francesa (40% de la población) demostraron en los comicios que pretenden conservar un gobierno federal fuerte.

La actual imposibilidad de formar gobierno no hace más que alimentar la idea de que ambas partes tiene cada vez menos cosas en común.

Las negociaciones, que habí­an sido encabezadas por Yves Leterme, el hombre fuerte del partido demócrata-cristiano flamenco CVD (ganador de los comicios en su región), están suspendidas desde hace dos semanas, dada la falta de acuerdo sobre una nueva reforma del complejo sistema federal belga que los valones del sur rechazan.

Obligado a desempeñar el papel de mediador por primera vez desde el inicio de su reinado en 1993, el rey Alberto II confió una misión de «exploración» al experimentado presidente de la Cámara de Representantes, Herman Van Rompuy, quien, a diferencia de Leterme, trabaja en absoluta discreción.

Mientras que el debate tomaba la dirección de los pasillos y el mutismo, los belgas vieron florecer en los últimos dí­as los artí­culos alarmistas en los medios extranjeros.

El semanario francés Le Nouvel Observateur abrió la polémica al referirse a «La guerra de los belgas», en tanto el británico The Economist estimaba que era necesario «poner fin a los gastos» y decir adiós a Bélgica, un paí­s que «nadie se dedicarí­a a inventar si no existiese».

Sin embargo, y para asombro de muchos, el reino continúa funcionando con normalidad bajo el mando del gobierno saliente del liberal flamenco Guy Verhofstadt.

Pese a verse reducido a tratar «asuntos ordinarios», Verhofstadt decidió hacer participar al paí­s en la operación que planea la Unión Europea en Chad y la República Centroafricana.

En cambio, el mundo económico reclama que la situación no se eternice, ya que el presupuesto 2008 sólo puede ser confeccionado por un gobierno con plenos poderes.

Sin embargo, y para asombro de muchos, el reino continúa funcionando con normalidad bajo el mando del gobierno saliente del liberal flamenco Guy Verhofstadt.