Con la arrogancia propia de quienes no entienden las cosas, aquellos que no sólo avalaron, sino que utilizaron comercialmente las encuestas para vender su producto, ahora tratan de defenderlas a toda costa y, para variar, lanzan improperios contra quienes tienen la osadía de señalar el vicio. El problema aquí no es de credibilidad de los medios que se equivocaron y que hasta presentaron como puntero a quien no tenía esa condición, ofreciendo los titulares de escándalo tres días antes de las elecciones, sino del impacto que las encuestas tienen en la vida política nacional y por ello es que se trata de un asunto trascendente.
Si la intención fuera simplemente la de criticar a los medios que se equivocaron, basta con Prensa Libre que hoy mismo, en su afán por defenderse del baldón que significó su equivocación al colocar a Otto Pérez Molina delante de Colom, se encarga de señalar que los otros medios se equivocaron más, que cometieron errores más gruesos porque, según ellos, se salieron del margen de error aunque hayan acertado en el orden de los candidatos.
No se discute si las encuestas son o no manipuladas porque la única prueba que hay sobre eso está en la comparación con los resultados. Se discute si las mismas pueden seguirse haciendo en la forma que se ha hecho, porque obviamente tienen influencia no sólo en la capacidad de crecimiento de los proyectos políticos, sino también influyen en el electorado.
No deja de ser cínico que ahora se acepte que las encuestas no son lo que ellos dicen que son cuando las publican y presentan al público, sobre todo cuando permiten que se decida qué candidatos van a un foro con base en esas mediciones y dejan fuera a otros. El caso de Rabbé, por ejemplo, es para anotarlo, puesto que no lo invitaron al foro de CNN, que muchos analistas consideran como vital en el proceso, porque no aparecía arriba de Rigoberta Menchú en las encuestas y en la práctica la superó por mucho. Suger pudo obtener más votos si las encuestas no lo minimizan, puesto que la gente hubiera visto que su voto por él era más útil de lo que parecía a la luz de las mediciones. Y no digamos el impacto que tuvo a tres días de las elecciones un titular indicando que Pérez estaba ya delante de Colom, sin el recato siquiera de hablar de empate técnico por el margen de error que, en el caso del candidato patriota, fue de 8.22%. A eso se le dice simplemente «falla», como si uno no supiera cómo y por cuánto ocurren esas fallas.
Las encuestas tienen que regularse no para fregar a ningún medio, sino para no fregar al sistema democrático. Y es que nadie, y por supuesto menos la prensa, debe estar sobre la ley.