La violencia se cobró 23 víctimas en Pakistán, 15 de ellas en un atentado, el jueves, en un cuartel, mientras el ejército acabó con más de 30 islamistas en unos intensos enfrentamientos entre militares e integristas próximos a los talibanes y Al Qaida.
El atentado, probablemente cometido por un kamikaze a pie, mató a 15 militares de un comando de élite que cenaban en su cuartel, en Tarbela, a unos 70 kilómetros al noroeste de Islamabad, señaló un alto responsables de las fuerzas de seguridad paquistaníes.
Al menos otros once militares resultaron heridos «en una explosión», confirmó a la AFP por su parte el portavoz del ejército, el general Waheed Arshad, quien en un primer momento también habló de «atentado».
Asimismo, otros seis paquistaníes murieron el jueves y seis más resultaron heridos en Karachi (sur), en el ataque del minibús en el que viajaban por un grupo de hombres no identificados, declaró a la AFP un policía de esa ciudad, que cuenta con 12 millones de habitantes.
Cuatro de los fallecidos eran miembros del Partido Islámico de los Estudiantes (IJT), el principal movimiento islamista paquistaní, dijo a la AFP su portavoz, Mohammad Riaz, que acusó del ataque a un partido rival, el MQM, aliado político de la coalición gubernamental del presidente Pervez Musharraf.
Ambos ataques se produjeron tras el anuncio del ejército de haber matado a más de 30 integristas desde el miércoles por la noche en un enfrentamiento en las zonas tribales del noroeste del país, fronterizas con Afganistán.
En esa acción, los militares perdieron a dos hombres.
El martes, otros 40 islamistas murieron en intensos bombardeos no lejos de la misma zona del enfrentamiento, los distritos de Waziristán del Norte y del Sur, añadió el ejército.
Esos distritos son el corazón de las zonas tribales donde Estados Unidos afirma que Al Qaida y los talibanes han reconstituido sus fuerzas, seis años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.
El enfrentamiento entre fundamentalistas, tanto paquistaníes como extranjeros, y el régimen del general Musharraf, aliado clave de Washington en la «guerra contra el terrorismo», se intensificó desde hace dos meses.
Los atentados suicidas, sobre todo en el noroeste, se encadenan desde el asalto del ejército en julio contra los islamistas atrincherados en la Mezquita Roja de Islamabad, que causó la muerte de un centenar de integristas.
Tras ese hecho los líderes islamistas paquistaníes y el número dos de Al Qaida, Ayman al Zawahiri, juraron vengar esas muertes.
Pakistán ha vivido así dos meses de continuos atentados que causaron unos 270 muertos en todo el país, incluida la capital, Islamabad.
Las autoridades paquistaníes declararon el viernes sus sospechas de que Al Qaida perpetró el atentado suicida que mató a 20 militares de un comando de élite que precisamente buscaba a extremistas de la red terrorista de Osama bin Laden.
El ataque del jueves a un cuartel militar de alta seguridad a 70 kilómetros al noroeste de Islamabad se produjo tras dos días de mortales enfrentamientos en las zonas tribales del país, en la frontera con Afganistán, y coincidiendo con una visita del vicesecretario estadounidense de Estado, John Negroponte.
El atentado fue dirigido contra las fuerzas especiales de las que aún forma parte el presidente, el general Pervez Musharraf, y es el último de una serie de vistosos y sangrientos ataques contra el ejército y los servicios secretos paquistaníes.
«Sólo Al Qaida es capaz de llevar a cabo un ataque de ese tipo, con esa precisión y tan planeado», señaló un responsable de los servicios secretos en el cuartel cercano a la ciudad de Tarbela, donde tuvo lugar el atentado.
«Era una zona de alta seguridad, bien protegida, pero el kamikaze logró entrar y hacer estallar su carga», agregó.
Asimismo explicó que se intenta probar la relación del atentado con un vídeo de Bin Laden difundido la pasada semana en el que el líder de Al Qaida pedía una «caravana» de mártires musulmanes, así como con un mensaje de su número dos, Ayman al Zawahiri, en el que abogaba por el derrocamiento de Musharraf.
Las fuerzas de seguridad detuvieron el viernes a un hombre que solía trabajar en el cuartel, donde el kamikaze mató a 20 comandos e hirió a otros 30, según dos responsables militares.
Esas cifras aumentaron los 15 muertos declarados oficialmente la víspera. Los responsables también reiteraron que el kamikaze entró a pie en el recinto.
Un oficial militar afirmó que el blanco fue una unidad de élite creada por Musharraf en 2002 para hallar a militantes de Al Qaida en busca de refugio en las zonas tribales del país tras la caída del régimen de los talibanes en el vecino Afganistán, a finales de 2001.
El propio Musharraf, jefe de las fuerzas armadas paquistaníes dijo que «actos tan cobardes como matar a gente inocente no quedarán sin castigo», según la agencia oficial de Pakistán.
La población y el ejército paquistaní es blanco de una oleada de atentados y ataques desde el asalto a la Mezquita Roja de Islamabad, en julio, en el que murieron un centenar de islamistas.
Al menos 270 personas han perdido la vida en los últimos dos meses en unos actos de violencia que aumentan la presión sobre el régimen de Musharraf, uno de los aliados claves de Estados Unidos en la «guerra contra el terrorismo», ya muy afectado por una grave crisis política ante las próximas elecciones presidenciales.
Por su parte, las tropas paquistaníes informaron esta semana de la muerte de más de 70 islamistas en dos días de intensos combates en las zonas tribales fronterizas con Afganistán.
En su reunión de dos horas con Negroponte, Musharraf subrayó el jueves que «el compromiso de Pakistán contra el extremismo nunca estará en duda porque va también en el interés nacional paquistaní», según una nota de la cancillería de Islamabad.