Rincón LITERARIO



Ciudad natal

Luis Cardoza y Aragón

Abre una puerta al rechinar de un grillo

hacia el cielo de cuentos infantiles.

Yo me alejé de ti como se alejan

inmoviles los árboles del rí­o,

agitando en la orilla su pañuelo,

pasajeros y adioses a un tiempo.

Desembocado, ahondan los caminos

tu caudal, navegable Soledad.

No existe el tiempo, estar. ¡Ya todo es!

Dí­as de otro mundo. Cielo sin sueño: nunca parpadea.

Noches como bostezos pavonados,

céntricas a todas horas,

indelebles, infinitas y maduras.

Tu, con tu imprecisión, en un trapecio

colgando de un dí­a y de una noche

altí­simos profundos y sin dueño,

mereciéndote muy amplia y lentamente,

rumiando tus monólogos de humo.

Porque ya no eres sino el eco

de tu sombra sin cuerpo,

eco de luz, sombra de voz, remotos.

Se está más solo que en ninguna parte,

hasta sin sí­, solo, sin soledad

ni profecí­a, ausente, por nacer,

sin cósmico fervor de nebulosa.

¿Cuándo subirás a la superficie

de la tierra, del cielo, del mar,

desde ese rumbo en donde vas, nocturna,

a ver el sol de limbos inocentes?

¿Esperándote está, ya olvidado,

de pie, dormido como un faro,

en no sé qué pení­nsula de sombra?

Ya no te acuerdas, ya no sabe

si la cita de fue ayer o si es mañana,

tu duda diariamente renovada

en tu alterna memoria: sí­ y no,

al fin ya resbalada en un Tal vez

pálido, transparente y maleable.

Silencioso liso, estirado, de lago,

de frase interrumpida,

tan diáfano que todo está mas cerca.

Distancia paralela a la mirada:

dagas de infinito alicortadas

vuelan los paraguas.

Alto cenit que llega al otro lado

gritando: «Â¡Sí­!» con í­es pararrayos.

Nadir, vórtice de rumbos nocturnos,

magnavoz de tumba gritando: «Â¡No!»

Tú, en medio, como una margarita

de nuncas, en el aire de tu ensalmo.

A veces, parpadeas: dí­as, noches…

Te olvidas.

De improviso, cinco, veinte

dí­as juntos,desmoronándose;

trece, cuatro noches telescopiadas

con peregrina violencia oscura.

Un sueño de medusas y cristales

de parte a parte espejos atraviesan:

se ve de qué están hechos los cantos de las aves,

los del agua, diafanamente ocultos.

Por aullidos de perro desgarrada,

Soledad transparente, enmohecida

y amarga del hastí­o de ti misma

musgos mendiga tu piedad cansada,

ecos del canto donde fue mentida

mi niñez, subterránea enntre tus manos,

torturada en la cima del ansia.

Eras la única ciudad del caos:

se estaban terminando tus palacios

cuando por tierra se construí­an bóvedas

y columnas que el viento interrumpí­a.

Yo sé que en tus iglesias fermentadas

de sombra se ahogan las ventanas;

que dentro de un salto estás construida

con derrumbos de rumbos y campanas nubladas.