Perú: reo escapa para ayudar a su hija


Reconstrucción. Voluntarios fumigan una de las calles de Pisco, totalmente destruidas por el terremoto.

«No querí­a escaparme, salí­ de la prisión para salvar mi vida», insiste Daniel Pachas, que forma parte de los 600 presos que aprovecharon el terremoto de la semana pasada en Perú para huir de la prisión de Tambo de Mora, en el sur del paí­s.


Recorre las calles de Pisco desde la noche del miércoles, al volante de una moto-taxi para ganar dinero y comprarle medicamentos a su hija de tres años, enferma de hepatitis, y para reconstruir su casa que se derrumbó durante el sismo.

«Voy a esperar un poco y a constituirme preso. Me queda poco tiempo por cumplir», declaró a un periodista de la AFP.

Cuando se produjo el sismo «me encontraba en la cocina, era angustioso, el agua subí­a y tení­amos miedo de un tsunami, pensábamos que todos í­bamos a morir. Y nos dijeron: ’Salgan, váyanse’ ¿Usted qué habrí­a hecho?, pregunta buscando signos de aprobación.

Las autoridades peruanas niegan esta versión de los hechos y afirman que la situación se volvió «incontrolable» y que los policí­as dispararon al aire para disuadir a los presos de evadirse, aunque sin efecto. Varios fugitivos regresaron a la cárcel, otros fueron capturados.

La prisión de alta seguridad de Tambo de Mora está situada a 200 metros del mar y los detenidos, presos del pánico al ver las fisuras que se abrí­an en el suelo no tuvieron dificultad para escapar, ya que tanto un muro que oficia de alambrada como el muro de seguridad de ladrillos se derrumbaron tras las sacudidas.

Una vez fuera, Daniel Pachas y otros cinco reclusos fugados se precipitaron hacia una colina que domina la prisión. La policí­a les disparó pero pudieron continuar su fuga.

Cuatro horas más tarde Pachas estaba en Pisco, su ciudad natal, 25 km más al sur. Caminó, corrió, tomó un autobús e hizo autoestop. Durante su viaje vio decenas de personas fallecidas a causa del sismo y temí­a por los suyos conforme se acercaba a su casa.

Durante ese tiempo, su esposa también se angustiaba por la suerte de Pachas pues supo que la cárcel quedó parcialmente destruida. «Rezaba por que estuviese vivo y cuando llegó no podí­a creerlo, qué felicidad», relata.

La niña de tres años no juega con los chicos de su edad, tiene el rostro marcado y la frente ardiendo, pero dibuja una sonrisa cuando su padre la toma en brazos.

Daniel Pachas -seudónimo que escogió para que no lo detecte la policí­a- dice haber sido condenado por robo con agravante pero afirma haber tenido una buena conducta.

Como el resto de los evadidos, Pachas, de unos veinte años, es buscado por una unidad especial de la policí­a peruana que tiene orden de capturarlos «vivos o muertos».

«Hablé con mi abogado, me dijo que iba a recibir una notificación para presentarme ante la justicia y lo haré», promete. «No puedo irme ahora, la casa está destrozada y mi hija enferma. Necesito ganar dinero para la pequeña y para la casa».

«Voy a esperar un poco y a constituirme preso. Me queda poco tiempo por cumplir».

Daniel Pachas, reo de Perú.