Aunque aún faltan casi dos meses para la Navidad, grupos preocupados por las tragedias que han ocurrido año con año por la proliferación de artefactos explosivos cuyo poder va aumentando en forma desmesurada, iniciaron una campaña para lograr que las autoridades prohíban la venta de algunos de los que más daño causan, especialmente los cachinflines y silbadores que vuelan sin control y que en varias oportunidades han provocado incendios de proporciones y hasta muerte.
Creemos que es importante que esa campaña sea tomada en cuenta por el gobierno para establecer normas realmente rígidas porque ello puede salvar muchas vidas. Definitivamente no podemos aspirar a una celebración menos ruidosa, porque forma parte de la tradición popular y la gente disfruta quemando pólvora, pero por lo menos se debe impedir el uso de aquellos artefactos que son inseguros. Afortunadamente hace algunos años el Ministerio de Salud impidió la importación, fabricación y venta de los famosos saltapericos que mataron a varios niños que se los metían a la boca. Así también debe haber una estricta normativa, con severas sanciones, para los que comercien con los silbadores y cachinflines porque está demostrada la peligrosidad de los mismos, toda vez que tras encender la mecha no se tiene control de ellos y en su alocada trayectoria causan serios estragos.
Tenemos ya suficientes elementos de riesgo en el país como para permitir que por indolencia e indiferencia de las autoridades se siga comerciando con esos productos y es bueno que desde ahora se emita la prohibición para no causar perjuicio económico a las familias pobres que se dedican a la fabricación de los artefactos y que podrían perder mucho si se dedican a fabricar artículos que luego serán prohibidos por las autoridades.
Desde nuestra perspectiva es absolutamente necesario que se haga algo para ejercer un control estricto de la venta de explosivos para las fiestas y que se impida no sólo la venta de los silbadores y cachinflines, sino también de aquellas bombas poderosas cuya explosión es tremenda y cuya onda expansiva puede sentirse a varios metros. Si resulta inevitable el estruendo de los cohetillos por la tradición que significa dentro de las fiestas navideñas y de fin de año, por lo menos que se vele por la seguridad de quienes manipulan tales artefactos y especialmente de los niños que son los más afectados. En estos tiempos de mayor tecnología y tomando en cuenta el alto precio de los explosivos, debiera exigirse mecanismos seguros para todo lo que sea colocado en el mercado y compete a las autoridades adoptar las medidas oportunas para garantizar la seguridad de los habitantes del país.