Hace 30 años Callas entraba en la eternidad


Marí­a Callas murió hace 30 años, pero la diva que fue la más célebre cantante lí­rica de la segunda mitad del siglo XX, trágica en el escenario y en la vida, sigue estando en el panteón de todos los amantes de la ópera, y su leyenda sobrepasa ampliamente el cí­rculo de los melómanos.


La soprano, cuyo verdadero nombre era Marí­a Kalogeropoulos, falleció en Parí­s el 16 de septiembre de 1977, a los 53 años de edad. «Los dioses se aburrí­an, y se llevaron su voz», dijo entonces el modista Yves Saint Laurent.

Desde entonces las grabaciones de la Callas no dejaron de figurar prácticamente nunca en el catálogo del sello discográfico EMI, que estima en 30 millones el número de discos de la artista vendidos en el mundo hasta ahora.

En 2007 vuelven a ser numerosos los CD, DVD y libros de ella o sobre ella publicados, las emisiones de radio y televisión y los homnenajes en teatros lí­ricos.

«Esto es lo extraordinario: 30 años después de su muerte, Callas nos sigue hablando a todos, incluso a los que no habí­an nacido cuando ella murió», dice a la AFP Alain Lanceron, vicepresidente de EMI Classics.

Las razones de la fascinación que ejerce todaví­a el personaje radican ante todo el poder de seducción de una voz singular, sin duda la más bella de su época, y de la que Callas supo sobrepasar las imperfecciones a fuerza de trabajo.

Nacida el 2 de diciembre de 1923 en Nueva York de padres inmigrados de Grecia, Maria Kalogeropoulos -apellido transformado en Callas en 1926-, se fue a Grecia en 1937 para estudiar en el Conservatorio de Atenas con la profesora española Elvira de Hidalgo, que le transmitió el arte del canto de alta escuela.

Su carrera tuvo un impulso decisivo con los primeros pasos con el director italiano Tullio Serafin (1947) y tras su boda (1949) con Giovanni Battista Meneghini, que pasó a ser su empresario además de su marido: ambos constribuyeron a convertir la joven redondita y que no se sentí­a bien con su fí­sico en una cantante elegante, de enorme presencia escénica y adorada en el mundo lí­rico.

Habí­a nacido «La Callas». Los años 1950 concentraron las más intensas encarnaciones vocales de esta «prima donna» que poní­a en cada papel una fuerza dramática entonces inédita en las cantantes de ópera.

Callas brilló como trágica lí­rica («Medea» de Cherubini) y alentó con gran inteligencia estilí­stica el renacimiento del bel canto (ejemplo de ello es la «Norma» de Bellini y su célebre aria «Casta diva», que quedó para siempre asociada a ella).

Fenómeno vocal que se expande en tres octavas y media, a la vez soprano de coloratura y dramática, destacó interpretando a Lucí­a (Donizetti) a Isolda (Wagner) e incluso Carmen (Bizet), y su voz mutante encarnó como nadie «La Traviata» de Verdi.

El mito Callas se nutre asimismo de aspectos menos musicales, especialmente desde su unión en los años 1960, y la posterior ruptura, con el empresario griego Aristótales Onassis, que hizo correr rí­os de tinta en la prensa rosa en momentos en que su voz declinaba.

«Primero perdí­ peso, luego perdí­ la voz, y después perdí­ a Onassis», declaró la propia Callas con ironí­a en la época. Retirada de los escenarios en 1965, Marí­a Callas murió en su departamento de la avenida Georges Mandel de Parí­s, en el que se habí­a aislado en 1974 y pasaba el tiempo escuchando sola sus discos.

La paradoja es que de las interpretaciones escénicas de esta «actriz lí­rica», que fue dirigida por Visconti, han quedado muy pocas imágenes.

Alain Lanceron considera este hecho al mismo tiempo «un escándalo» y una ventaja. «El hecho de que los testimonios filmados sean escasos permite a cada cual imaginar su propia Callas», afirma.

Y, más allá de la imaginación de sus admiradores, Marí­a Callas quizá tenga próximamente en la pantalla los rasgos de Penélope Cruz, puesto que según la prensa italiana, el productor Guido de Angelis propuso a la actriz española el papel protagónico de una pelí­cula sobre la vida de la legendaria soprano.