El viaje a Althorp, los terrenos ancestrales de la familia Spencer, donde está sepultada la princesa Diana, es para muchos un peregrinaje obligatorio, que esperan les ayudará a cerrar el duelo dejado por su trágica muerte, hace diez0 años.
Althorp, a unos 100 kilómetros al norte de Londres, fue el lugar al que llevaron el cadáver de Diana la tarde del 6 de septiembre, tras el funeral oficial en la abadía de Westminster.
«Venir aquí, visitar la casa familiar, es parte de un viaje para restañar heridas», dijo Judy Grapes, de Perth, Australia, durante el viaje en autocar desde Londres a la señorial residencia de la familia Spencer, atravesando la verde campiña inglesa.
«Creo que nunca habrá una persona como Diana, ella dejó un vacío enorme en mi vida», añadió Grapes, que efectuó el viaje junto con su marido Lindsay y una treintena de otros turistas venidos de diferentes partes del planeta.
Para Paola Bizarre, una psicóloga de Boloña, Italia, el viaje a la hermosa propiedad que desde hace 500 años pertenece a la familia Spencer para ver la pequeña isla arbolada en el medio de un lago donde está la tumba de la princesa es «un tributo que le debía a Diana».
Diana fue «una mujer excepcional, que tenía una inmensa sensibilidad y que dejó una huella en millones de personas en el mundo», dijo Bizarre, que opina que fue «sacrificada porque hablaba un lenguaje distinto, incomprensible para la cerrada familia real» británica.
«Ella sabía sentir y expresar emoción, amor, algo que para la familia real británica parece algo de otro planeta. Mostró a los británicos una manera distinta de ser, por ejemplo, cuando tomó la mano de una leprosa o abrazó a alguien con el virus del sida, cosas nunca vistas», dijo Bizarre.
La italiana afirmó que fue «esa manera de ser de Diana lo que provocó cambios en este país y en la familia real, aunque son cambios muy, muy lentos».
Somy Dee, un chino radicado en Filipinas, y su joven esposa, Elly, cuentan que aspiran en este viaje a conocer a la princesa de una forma distinta a la que cuentan los diarios sensacionalistas.
«Somy lloró cuando supo de la muerte de Diana», dice su esposa. «Por eso estamos aquí, porque para él Diana fue una persona muy importante y queremos ver otro lado de ella, conocer un poco quién era antes de que fuera famosa», explicó Elly.
A la llegada a la propiedad, que está abierta sólo dos meses al año –julio y agosto– los viajeros se dispersan.
Algunos se dirigen primero a la casa, que rebosa de alfombras y de pinturas de lores y ladies emparentados con la familia Spencer. Una de las salas tiene sólo pinturas de inmensas vacas, criadas por uno de los lores Spencer. Hay también una hermosa biblioteca.
Otros visitan primero los establos, donde el hermano de Diana, Lord Charles Spencer –quien fustigó a la familia real en la ceremonia fúnebre en la abadía de Westminster– ha organizado una exposición dedicada a su hermana.
Allí se pueden ver fragmentos de películas de Diana pequeña –la fiesta de su primer cumpleaños, jugando con su hermano, haciendo divertidas piruetas, chapoteando en la piscina y construyendo castillos en la playa–, el uniforme que llevó en el colegio, cartas que escribió de niña y la letra de la canción que le cantó su amigo Elton John en la ceremonia fúnebre.
Se presenta también la versión original del discurso que leyó Lord Spencer en el funeral en la abadía de Westminster, que fue visto por millones de personas en directo el todo el planeta.
Hay también imágenes, cartas y recuerdos de sus diversas labores caritativas, como su campaña en favor de los sin techo, o contra las minas antipersonales.
Se exhiben también una 30 de sus vestidos, entre ellos el traje con el que se casó con Carlos de Inglaterra, en la Catedral de San Pablo de Londres.
Otros se dirigen primero al pequeño lago, para ver desde lejos la tumba de la princesa. Algunos se sientan en los bancos y se recogen algunos minutos.
«Â¡Te queremos, Diana!», afirmó una anciana británica, que pareció resumir la emoción sentida por la mayor parte de los visitantes. «No te olvidaremos nunca», dijo, antes de retomar, penosamente, el camino a uno de los tres autocares de turistas que esperaban en el estacionamiento de Althorp House.