El calentamiento climático y la promesa hoy posible de nuevas actividades económicas, transforman el paisaje del gran norte canadiense a semejanza de la localidad de Iqaluit, donde las oficinas reemplazan los iglús y los trineos de perros son sustituidos por coches.
La última construcción con forma de iglú de todo el norte canadiense, que se encontraba precisamente en Iqaluit, capital del territorio Nunavut, será destruida próximamente para dar lugar a un edificio de oficinas de 5.000 mt2, necesario para acompañar el auge económico.
«El norte se abre al mundo, la ciudad crece y hay un aumento de la demanda inmobiliaria», dice Brian Czar, antiguo propietario del edificio que albergó durante 27 años un restaurante de cocina tradicional.
El calentamiento climático y la perspectiva del deshielo de la banquisa, que harían más accesibles las riquezas del írtico, han acelerado esta tendencia, atrayendo nuevos habitantes y empresarios.
Se estima que el subsuelo ártico podría albergar un cuarto de las reservas mundiales de hidrocarburos aún no descubiertas.
Los científicos prevén que el pasaje del noroeste, una vía marítima que une el Atlántico con el Pacífico sobre la cual Canadá afirma su soberanía, será accesible a la navegación en su totalidad desde mediados del siglo XXI, lo que ahorraría por ejemplo 5.000 kms en el trayecto Londres-Tokio.
De momento, compañías petroleras y mineras se pelean por explorar los recursos de estas regiones, y se espera que las empresas forestales se unan próximamente a la tendencia.
También contribuyó a este boom la constitución por parte del gobierno federal del territorio Nunavut en las tierras del noroeste más alejadas, en 1999, atendiendo las reivindicaciones de las poblaciones autóctonas.
Así, la creación en la capital de cientos de empleos gubernamentales, atrajo funcionarios de todo el país, y la población de Iqaluit se duplicó, hasta alcanzar los 7.000 habitantes actuales.
Según el ultimo censo, efectuado en 2006, la población total del gran norte superó por primera vez los 100.000 habitantes.
También tuvo lugar el aflujo de turistas a los que los cruceros ofrecen en primavera el espectáculo del deshielo y de los osos polares.
Durante la estación temperada, se levantan en el perímetro de la ciudad tiendas de campaña para dar cabida a los recién llegados, y los coches último modelo hacen cola para transportarlos.
Hace unos diez años sólo circulaban algunos taxis por las dos vías que atraviesan la pequeña ciudad. Pero desde entonces explotó el mercado automovilístico, sustituyendo por coches las motonieves y los tradicionales trineos de perros.
Las autoridades locales se plantean incluso poner un semáforo en la intersección principal de Iqaluit, que sería además el primer semáforo de todo el territorio Nunavut.
Mientras tanto, Iqaluit acaba de construir su primer invernadero, que tiene por objetivo permitir a los habitantes de esta localidad la producción de sus propias frutas y verduras.
Esta iniciativa implica una profunda modificación de los hábitos alimenticios de la población, hasta ahora basados en la caza y la pesca.
Las verduras frescas se importan normalmente del sur y se venden cuatro veces más caras en Iqaluit que en Toronto, debido a los costos del transporte y de su posterior mantenimiento. Este elevado precio es uno de los factores esenciales de la pobreza y la malnutrición que hacen estragos en la zona, según Mary Ellen Thomas, del Instituto de Investigación de Nunavut.
«Esperamos que el invernadero promueva un modo de vida más sano», dijo Peter Workman, miembro de una asociación especialmente creada en junio para promover esta nueva experiencia agrícola.