El Palo Volador


El rito se inicia propiamente cuando el caporal va al monte a seleccionar el árbol, para que después los integrantes de la cuadrilla, con el apoyo de la comunidad, lo trasladen y lo fijen, con un ritual especial, en la plaza o en el atrio de la iglesia, que por lo general son los sitios donde habrá de realizarse el culto de «la volada», en el contexto de las festividades del pueblo.


Armado con su machete, su tamborcito, su flauta de carrizo y una botella de aguardiente de caña, va en busca del «palo volador». Una vez localizado, con sus instrumentos inicia la ejecución del «son del perdón», bailándole alrededor, inclinando su cuerpo con reverencia. Marcando los cuatro puntos cardinales en el suelo con sendas bocanadas de aguardiente, hasta completar siete giros. Desbroza la maleza en un radio de casi 10 metros y señala los árboles que pudieran obstruir el trayecto de la caí­da, a fin de derribarlos previamente a la tala que se inicia con el primer par de hachazos propinados por el capitán, acción que imitan sucesivamente los integrantes de la cuadrilla, mientras la música se deja escuchar plañidera por los aires calurosos del monte. Cuando el árbol ha caí­do, el capitán agita un sahumerio que quema resina de copal, deja encendida una vela de cera y vierte aguardiente dibujando una cruz encima de las raí­ces que han quedado clavadas tercamente en la tierra.

Una vez que el tronco ha sido atado por el extremo de mayor grosor, todos los presentes participan en el traslado, sumando al esfuerzo la alegrí­a de la música que entona el «son del arrastre».