Muchos creen y reconozco que también lo he pensado, que nuestro pueblo es muy flojo, dejado, extremadamente conformista y que hace falta un aire con ventarrón para amarrarnos bien los pantalones para acabar con la desfachatez de los políticos capaces de corromper hasta el más límpido proceso conocido hasta la fecha, me refiero al que termina hasta cuando sale humo blanco de una chimenea. Pero pensándolo bien ¿qué otra nos queda? Si bien es cierto que no podemos seguir así, porque se perdió el respeto por el sistema, más para la población, no digamos para quienes con su voto cada cuatro años eligen al que les parezca menos peor, ¿cuál camino debiéramos seguir?
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Actualmente seguimos siendo simples espectadores del proceso para elegir a los nuevos integrantes de aquellas instituciones que la ley determina. Se ha contado con gente que sin otro interés más que el de cumplir con su deber consignado en una norma, presta su tiempo y sus servicios para presentar el listado que consigna el número que la disposición legal determine, para que de ahí elijan a los titulares y suplentes los miembros del Organismo Legislativo si así es el caso. ¿Pero estos últimos son realmente dignos representantes del pueblo para emitir un voto honesto y honorable o están ahí solo para ver el derecho de su nariz?
Cualquier guatemalteco en sus cinco sentidos no puede negar que la ética, la honestidad, la decencia y la responsabilidad de la gran mayoría de nuestros políticos las dejaron guardadas en el clóset antes de salir a la calle a ejercer su profesión u oficio. Entonces, sigue vigente la pregunta ¿qué camino podemos tomar?, ¿de qué palo podremos agarrarnos para obligarlos a cumplir con la ley si a la primera de cambios surgen las presiones o amenazas como la que acabamos de ver cuando un chofer de autobús fue forzado a desistir de la demanda por el abierto y descarado abuso de poder de un alto funcionario municipal?
Por ello, insisto en el criterio que debiéramos empezar por el principio, por depurar la elección de diputados al Congreso de la República para que resulten electos legítimos representantes y no más politiqueros al servicio o disposición de otros de su misma calaña. Debiéramos iniciar la lucha por recuperar la confianza para que cuando vayamos a las urnas a votar fuera para elegir y no para marcar la papeleta por el menos peor. En el Congreso debiera haber gente con válidas referencias de poder cumplir con los requisitos de idoneidad y honestidad y no más por escogidos por la misma mafia. Solo con quejarnos no ganamos nada, por lo que debiéramos debatir abiertamente el tema de la legítima representatividad, de lo contrario, seguiremos igual o peor.