Orhan Pamuk: El Libro Negro (XLVIII)


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“En una de aquellas verdes colinas, que luego destruirían las cloacas, las calles adoquinadas y los edificios de pisos que envuelven la ciudad, vivió veintitrés años el Príncipe en un pabellón de caza.”

La historia del príncipe heredero es el cuento que Galip narra a los periodistas ingleses tres veces consecutivas, en su suplantada calidad de Celal, esas que serían “unas importantes declaraciones históricas”, y cuyo motivo en todas las acepciones, denotaciones y connotaciones de tal palabra se concentran en que dicho príncipe “descubrió que la cuestión más importante de la vida era si el ser humano podía ser él mismo o no”.

René Leiva


Pero no sólo el ser humano en general; en especial uno (pronombre indefinido); el que siente, piensa y habla de sí mismo; el yo que otorga a su individualidad un individualismo coronado con guirnalda de hojarasca.

Poder ser él mismo (o no), poder ser uno mismo (o no) es el leitmotiv que engarza con diferentes hilos –oro, telaraña– todo el conjunto lúdico, desde epígrafes tomados de variados autores (sin ser por eso “casa de citas” que dijera Cortázar) a magistrales relatos como “El verdugo y el rostro de que lloraba” o “El beso”…

Pero no cae Pamuk (o Celal o Galip), bendito sea Allah, en la riesgosa seducción de poner palabras clave al derecho y al revés, mostrar costuras, remiendos y manchas sospechosas, para así reforzar ideas, pensamientos y argumentos, ajá, “relativos”, discutibles, nunca satisfactorios. Como “mismo”, “yo mismo”, “él mismo”; ni mucho menos “mismidad”. O “identidad”. ¡Cuántos medianos cultores de la logomaquia no se la llevan de “filósofos”!
Es sabido que Alicia en el país de las maravillas, o sea del otro lado del espejo, dejó de ser Alicia. Mientras tejía sus mil y un relatos, ¿quién en verdad era Sherezade? A semejanza de Harun al –Rashid, Celal se disfrazaba de muchos otros por las calles de Estambul para averiguar y saber si podía ser él mismo o no, aun cuando una cierta certeza, al cabo, careciera de importancia… ¿Y si se llega a descubrir que no, que uno no puede ser él mismo?
 
Entonces, ¿quién es ese que no puede ser él sino, en consecuencia, otro? ¿Y ese otro, a su vez, puede ser él mismo? Sutil trampa la del socarrón Pamuk para con el lector ingenuo, el lector que pierde los significados tras la sombra de las palabras.

Empero, el príncipe Osman Celalettin Efendi era un joven ciertamente culto y soñador en el buen término, pero pragmático y pesimista a la vez respecto a heredar el gobierno del imperio otomano dentro de unas costumbres de cuento oriental en el peor término.

(No es subestimar a Galip, el joven abogado en busca de Rüya, su esposa fugada, pero porque ya no es él mismo sino que se hace pasar por el acreditado columnista Celal, de pronto tiene la audacia y el talento literario e histórico de redescubrir y labrar su versión apasionada de una historia antigua en la que se ve reflejado.)