El portador de las malas noticias


Oscar-Marroquin-2013

Los psicólogos afirman que es fácil desarrollar animadversión contra la persona que nos tiene que comunicar una mala noticia, aunque esa persona no sea causante del problema sino simplemente el mensajero que tiene el difícil encargo de anunciar algún infortunio. En la víspera del Día del Periodista, viene a la mente esa situación porque mucha gente está harta de leer, ver o escuchar las noticias cotidianas que se producen en nuestro país y no faltan los que aseguran que la prensa es causante de la mala imagen que interna y externamente proyecta nuestra sociedad.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Indudablemente que para cualquier periodista es siempre más grato informar de algo positivo que escribir sobre una tragedia o sobre alguno de los tantos problemas que están a la orden del día en nuestro entorno social. En vez de escribir sobre el tráfico de influencias en el sistema de justicia y las pugnas que se producen alrededor de los procesos para postular a futuros candidatos a puestos clave en la lucha contra la impunidad, es más agradable hacerlo sobre la mágica decisión que ayer tomaron once de los trece magistrados de la Corte Suprema de Justicia para salir de un atolladero que rompió cualquier precedente. Claro está que siempre está la duda sobre qué podrá hacer el nuevo Presidente de la Corte ante un sistema tan complejo, para decirlo de la manera menos negativa posible, y al enunciar ese ángulo de la noticia a lo mejor se pierde todo el encanto.
 
 Es grato publicar que en medio de la inoperancia del Congreso y de los notables intereses en juego, se logró aprobar una ley contra el robo de celulares. Si pudiéramos dejar allí las cosas, seríamos portadores de buenas nuevas, pero resulta que la ley en la práctica está siendo como el reglamento de tránsito para ordenar a los motoristas, es decir, absolutamente inútil y sigue siendo tan fácil comprar un celular robado como lograr el flasheo de un aparato o, simplemente, que un motorista somate el cañón de una pistola en el vidrio para exigir la entrega del aparato.
 
 Ser periodista en una sociedad tan llena de problemas no es fácil porque uno, como cualquiera, desea que su trabajo produzca beneficios y, por qué no, algunas alegrías. Por el contrario, en la medida en que uno quiere ser más honesto consigo mismo se ve obligado a informar sobre hechos, sobre realidades y no sobre sueños ni aspiraciones. Salvo que uno se dedique a publicar fafas, que son las notas o columnas en las que mediante pago se exalta la labor de una persona o de una entidad, sea sobre hechos reales o inventados, la mayoría de las veces nos toca abordar una situación problemática y, por lo tanto, generalmente desagradable.
 
 En este oficio se hacen más enemistades que amistades porque siempre el portador de malas noticias es de alguna manera repudiado. Hace muchos años había en el periodismo una especialidad que despertaba toda clase de simpatías y quienes se dedicaban a ella eran favoritos de los sectores más poderosos. Eran las y los responsables de la Sección de Sociales, donde se anunciaban cumpleaños, compromisos, matrimonios, nacimientos, graduaciones y cualquier evento significativo en la vida. Siendo la nuestra una sociedad pequeña, los “conocidos” siempre tenían lugar en ese tipo de gacetillas que eran buscadas con fruición.
 
 Con el tiempo también las Sociales se fafearon y para salir en ellas había que pagar, muriendo así un género periodístico que no era, como los actuales, tan vituperado y mal visto.
 
 Yo no pierdo la esperanza de que llegue el día en que mis herederos que sigan en este oficio puedan, honestamente, ser portadores de mejores noticias en un país que sea más justo, con menos pobreza, menos desigualdad, mayor transparencia y ciudadanos más activos y comprometidos.